En una nota preliminar indica que Raymond Chandler nació en Chicago en 1896, que estudió en Inglaterra y que regresó a Estados Unidos donde fue empleado de un banco, periodista, dependiente de una mantequería y finalmente alto ejecutivo de una compañía petrolífera que lo despidió en 1932. Desde entonces se dedicó a escribir, publicando sus primeros relatos en una revista de aventuras que se llamaba ‘Black Mask’. Sus novelas tuvieron mucho éxito y lo llevaron a Hollywood como guionista. Murió en California el 26 de marzo de 1959.
‘La dama del lago’ ofrece un Philip Marlowe joven, de la primera época. Sólo hacía cuatro años desde que apareció por primera vez en ‘El sueño eterno’, en 1939, pero pasaron diez años hasta que Chandler quedó satisfecho con la que él consideraba su mejor obra, ‘La hermana pequeña’ (1949), seguida por ‘El largo adiós’ (1953), la que tuvo más éxito, y por fin Playback, la última, en 1958. Marlowe sólo aparece en siete grandes novelas, aunque se le ve venir en muchos relatos más pequeños.
Copio lo que decía Raymond Chandler en la introducción a un libro de cuentos que se llama “El simple arte de matar” y aparece en la misma colección.
Decía:
“Como escritor, nunca supe tomarme a mí mismo con esa enorme seriedad que es una de las características más molestas del oficio. Y tuve la fortuna de escapar a lo que llaman (creo que fue Punch) “esa forma de esnobismo que puede aceptar la Literatura de Diversión en el Pasado, pero sólo la Literatura de Denuncia en el Presente”. Entre el humor monosilábico de la tira cómica y las sutilezas anémicas de los literatos hay una amplia extensión de terreno en la que el relato de misterio puede ser, o no, un monte importante. Hay quienes lo odian en todas sus formas. A otros les gusta cuando habla de personas simpáticas (‘esa encantadora señora Jones, ¿a quién se le habría ocurrido que pudiese cortarle la cabeza a su esposo con una cuchilla de carnicero? ¡Y un hombre tan guapo!). Y hay quienes creen que violencia y sadismo son términos intercambiables, y quienes consideran que la ficción detectivesca es un subgénero literario, y no tienen para ello mejor argumento que el de que por lo general no se atasca en oraciones subordinadas, complicada puntuación o subjuntivos hipotéticos. Están quines las leen sólo cuando están cansados o enfermos, y por la cantidad de novelas de misterio que consumen deben estar muy enfermos o muy cansados. Están los aficionados al sexo, que no pueden meterse en el afiebrado cerebro la idea de que el detective de ficción es una víctima y no un Casanova. Los primeros piden un plano de Greythorpe Manor que muestre el estudio, la sala de armas, el salón principal y la escalinata, y el pasadizo que lleva a ese torvo mayordomo que saca brillo a la plata, apretados los delgados labios, silencioso, escuchando el murmullo del destino. Los otros piensan que la menor distancia entre dos puntos va de una rubia a una cama.
“Ningún escritor puede complacerlos a todos y ninguno debería intertarlo. […] No hay ‘clásicos’ del crimen y su investigación. Ni uno. Dentro de su marco de referencia un clásico es una obra que agota las posibilidades de su forma y jamás puede ser superado. Ninguna narración o novela de misterio ha logrado tal cosa hasta ahora. Pocas se acercaron a ello. Y éste es uno de los principales motivos de que gente en otros sentidos razonable continúe asaltando la ciudadela. “