Todo comienza en julio de 1805 con una reunión en la casa de María Fedorovna para la alta sociedad de san Petersburgo en donde se discute acerca de la guerra que a librado Napoleón, en ese momento todas las personalidades presentan a sus hijos quienes se van a entregar a la guerra, entonces entra en la sala de la reunión el hijo de el celebre conde Bezukhov, un personaje legendario de los tiempos de catalina II, Ana Pavlona (dama de honor y pariente cercana de María Fedorovna) se acerca a saludarlo con cierto desagrado, todos los asistentes a la reunión se dispersan en grupos para dialogar sobre la guerra, en uno de estos se encuentra Ana Pavlona, en este grupo hablan sobre la muerte del duque Enghien quien se cree que fue asesinado por Napoleón por un conflicto amoroso, en ese momento se presenta e la fiesta el príncipe Andrés Bolkonski, pariente y amigo de Pedro Bezukhov, y empiezan a discutir acerca de que Napoleón tiene buenas cualidades lo cual sorprende a Ana Pavlona por ver que destaquen cualidades del hombre que a batallado por un largo tiempo contra Rusia, al rato Andrés entra a una habitación a leer un libro y un amigo se le acerca y le advierte sobre no volver a hacer comentarios como los que había hecho junto a pedro sobre Napoleón porque eso afect6aba las relaciones con la familia, así llega el final de la fiesta, mientras todos se despiden pedro escucha una conversación entre el príncipe Andrés y su esposa Lisa Bolkonskaia, después de esto Andrés le revela a pedro que no es feliz en su matrimonio.
Tiempo después los Rostov celebran en su casa la fiesta en honor a las dos Natalias, madre e hija, la condesa y su noble hija reciben a sus apreciados invitados en esa fiesta el tema principal de conversación es la grave enfermedad del padre de pedro, así como la llegada de este a san Petersburgo, además de los comentarios hechos sobre Napoleón, la prince3sa Ana Mikhailovna interviene para aclarar que tanto Pedro como los hijos del príncipe basilio
han tenido una serie de problemas con la ley al amarrar a un oficial en la espalda de un oso y arrojarlo a un pozo en donde milagrosamente el oficial se salvo por que el oso nado y salió a la superficie, por tal razón su padre decidió enviarlo a Moscú, su amigo Dolokhov se fue al ejercito y su amigo Anatolio Kuraguin se salvo por la intervención de su padre, esta historia le pareció muy graciosa al conde Rostov quien no pudo contener la risa, inmediatamente se hablo de los hijos del conde padre de pedro que aproximadamente pasaban de veinte, y como su estado es tan delicado se presiente que va a morir, se dice que el heredero de su fortuna esta entre Pedro o Basilio quien llega a Moscú para vigilar a su pariente. En el salón contiguo se encuentran Boris el hijo de la princesa Ana, alistado como oficial al ejercito, Nicolás, Natacha y Sonia. Riendo junto con algunos adultos que con el tiempo se van retirando dejando solos a los jóvenes, Nicolás que al igual que Boris se marcha al ejercito abandonando sus estudios hace que su enamorada y hermosa Sonia inevitablemente salga al invernadero a llorar, Nicolás la sigue y le da consuelo, luego la besa para sellar un pacto de amor, inmediatamente Natacha va en busca de Boris para besarlo y el muy apenado le promete que siempre la va a amar, pero que mientras tanto eso no se vuelva a repetir, un rato después en el coche de los Rostov Ana le pide a su hijo Boris que se comporte frente al anciano que es su padrino, al llegar se enteran que el anciano esta muy enfermo y no puede recibir visitas, sin embargo la madre de Boris no se da por vencida y pide hablar con el viejo conde basilio quien accede, ella se dirige a ver al conde y le dice a su hijo que valla en busca de Pedro, al entrar a la habitación de Pedro, este confunde a Boris el cual se enfurece y le dice que el no esta ahí por interés, el esta ahí por amor a viejo, finalmente pedro le pide una disculpa y la princesa sale de la habitación llorando por el estado de su tío, esa misma noche Pedro va a cenar en casa de los Rostov los cuales tienen mucha curiosidad sobre el porque saben la historia del oso, todos los invitados lo interrogan pero el no da respuesta alguna, en ese momento llega María Dimitrievna la cual al ver a pedro y se burla de el diciéndole que no esta bien que el se divierta mientras su padre agoniza, al rato se organizan juegos de cartas en todas las salas y Sonia sufre al saber que Nicolás se tiene que casar con Julia Kuraguin, y que es imposible que el amor entre ellos continúe, Natacha sale y logra calmarla, mientras todo era alegría en la casa de los Rostov se anuncia que el conde Bezukhov tuvo un sexto infarto, los médicos dicen que el ya no aguanta mas y optan por aplicarle la extremaunción, pedro muy preocupado recibe el consuelo de Ana Mikhailovna, después hay una riña entre la princesa mayor y Ana por una cartera que posiblemente contiene el testamento, Pedro y Basilio observan la escena estupefactos, al rato se da la noticia de la muerte de Bezukhov lo cual entristece a todos los presentes allí.
En la Lisia Gori se encuentra Nicolás Bolkonski esperando a su hijo Andrés y a su esposa, cuando este llega la casa se llena de alegría por que al parecer el no se va alistar al ejercito, lo que para su anciano padre es ideal por que el no quería que el peleara, esto hace que María su hermana se llene de felicidad y lo abrase y bese, pero con el tiempo el finalmente anuncia que se va al ejercito, su padre acepta la partida de su hijo y su hermana le dice que es mejor pelear que estar detrás de las mujeres y le regala la imagen del salvador para que siempre lo cuide y este con el.
Comentario personal.
En esta parte hacemos un abrebocas a lo que es en si la obra, se presentan a las diferentes familias que influyen a lo largo de la historia, y a los personajes que van a protagonizar la misma, para mi en esta parte no se toman en cuenta conflictos sociales, solo se recalca la importancia de estas familias las cuales tienen fluencia ante la sociedad, y que solo pelean por su orgullo y posición, no se detienen a pensar las consecuencias de la guerra, todo lo contrario envían a sus hijos a la guerra.
Segunda parte
Numero de capítulos:11
El ejercito ruso se encuentra en los pueblos del archiduque de Austria, en donde el comandante Kutuzov, pasaba revista y posaba sus ojos sobre las tropas para identificar si había algún soldado de otra batalla, mientras pasaba por la tercera compañía el príncipe Andrés que formaba parte de esta se le acerco y le dijo, que se acordaba del degradado Dolokhov, el lo llamo y le dijo que recordara que su buen comportamiento lo ayudaría mas adelante a ganar favores, la estrategia de Kutuzov era avanzar a Viena y atacar para esto tuvo que pasar por los puentes de Inn en Branau y el de Traun en Lintz y destruirlos, el 23 de octubre de 1805 mientras pasaba el rió Enns, del otro lado se divisaban las tropas enemigas, mientras los soldados admiraban el lugar y la construcción del castillo donde se encuentran el general hace probar los cañones los cual causa un poco de revuelta entre los soldados, de repente el ejercito francés lanza unas granadas y continua el ataque en repetidas ocasiones, Nicolás se siente feliz al estar luchando entre el ejercito ruso y con el sonido de los bombardeos y de los cañones, pero esto no duro mucho con el tiempo se empezaban a disminuir las tropas, el ejercito francés por mayoría de hombres empezó a remontar al ejercito ruso lo cual obligo a la retirada, Kutuzov daba estas ordenes mientras sus tropas se retiraban o se defendían por la retaguardia, los combates en Lambach, Ámsterdam, Melk dejo a las tropas rusas con un numero bastante pequeño de hombres, el 28 de octubre Kutuzov logra tomar ventaja de los franceses a través del rió Danubio, y gracias a un espía se entera que el ejercito francés, aprovechando la mayoría de hombres y municiones sobre el ejercito ruso, los atacaría en el lugar donde estaban acampando, inmediatamente el ejercito ruso avanza hacia las montañas con el fin de hacer una estrategia para contrarrestar el ataque de los franceses, que cuando cruzan el puente y ven el lugar deshabitado deciden hacer un armisticio de tres días, el cual es aceptado por los dos ejércitos, pero no para Napoleón, quien mediante una carta ordena el ataque inmediato a las tropas rusas, por que cree que ha sido victima de un engaño, todos las tropas rusas están muy tranquilas por el armisticio, pero el príncipe Andrés no se siente así entonces decide subir a lo mas alto de la montaña y desde allí ve a las tropas francesas avanzar hacia ellos y empezar un bombardeo en la falda de la montaña, entonces fue al encuentro de Bragation y al coger un atajo se encuentra con un viejo que esta herido y dos muertos, el viejo le dice que fueron atacados por los franceses, al llegar al campo de batalla vio que las tropas rusas estaban reducidas a la mitad, sin embargo Bragation da gritos alentando a sus tropas a la batalla, enseguida los soldados se lanzan por el franco derecho para asegurar a retirada y por el centro la batería de tuchin protege, y así logran incendiar schoengraben y detener el ataque francés por unos momentos, pero por el franco izquierdo se encuentran rodeados por tropas del francés Lannes, en este grupo se encuentra Rostov, cuando Bragation ve esto y se da cuenta de que tiene desventaja de hombres y ordena la retirada, en ese momento el caballo de Rostov es herido, lo cual lo obliga a correr esquivando balas hasta unos matorrales en donde se encuentran soldados rusos, todo es confusión, de pronto Dolokov mata a un soldado francés a quemarropa y captura a uno el cual se convierte en prisionero, con ayuda de la artillería logran pasar los cañones por la montaña, con Rostov y Dolokov heridos el ejercito ruso sobrevive a otro ataque francés.
Comentario personal.
En esta parte empieza a desarrollarse la historia, tanto como el enamoramiento de los personajes, como el inicio de la guerra, en donde el ejercito ruso pasa por unas situaciones en las cuales tiene que sacrificar soldados y armamento para perder la batalla pero no la guerra, y el ejercito queda reducido y los franceses toman ventaja, no me gusta el modo en el que el autor describe las batallas haciendo referencia al poderío ruso, el cual al final se ve perdido.
Tercera parte
Numero de capítulos:10
Al morir Bezukhov deja toda su fortuna a su hijo Pedro, el cual la recibe inesperadamente, el conde Basilio interesado en el dinero de Pedro acuerda matrimonio con su hija, después de convertirse en consejero de san Petersburgo utiliza todo tipo de artimañas para lograr su objetivo, con el tiempo Pedro se convierte e una persona ocupada, pero un día recibe una invitación de Ana, le escribe que debería ir a ver a Elena la cual es una mujer muy bella que deslumbra a todos los hombres, Pedro se da cuenta que todas sus amistades quieren que el tengo un tipo de relación con Elena lo cual a el no le disgusta y se dirige a casa de Ana, al llegar ella lo recibe con un mucho cariño, lo cual a pedro no le disgusta pero le parece raro. Luego Elena se acerca a saludar, el la mira con detalle y se da cuanta de sus escotes que son muy sensuales y piensa si en verdad ella puede llegar a ser su esposa.
En noviembre de 1805 Basilio decide viajar a tierras de Nicolás Bolkonski, con el fin de arreglar el matrimonio entre María Bolkonski y su hijo Anatolio, la próxima fiesta es con motivo a la celebración del santo de Elena, y en la reunión a la cual solo asistía gente muy allegada a la familia, en la cena sentaron a la joven pareja con el fin de dejarlos juntos, y luego la mama de Elena arreglo para que se quedaran solos en una habitación, en donde Pedro no se atreve a demostrarle su amor a Elena, Basilio al ver frustrados sus deseos hace ver a Elena y a Pedro y les dice que su esposa le contó que se van a casar y en un acto hipócrita de amor y los bendice, pedro acepta los hechos y al cabo de mes y medio se casa con Elena y van a vivir en san Petersburgo.
Una vez logrados sus propósitos, el príncipe Basilio se dirige a casa de el príncipe Bolkonski, a el no le agrada pero sin embargo arregla todo para el recibimiento de los invitados, María sale a la sala en donde al entrar se da cuenta de la cara de Basilio que esta mirando la hermosura de Bourienne, la dama de honor, en ese momento el príncipe Nicolás sale y se disgusta al ver que su nuera y la dama de honor están mucho mas bellas que su propia hija, por esto le regaña delante de los invitados, pero Basilio logra calmar esta situación haciendo un comentario obre el cabello se María, el príncipe Nicolás llama a Anatolio para hacerle peguntas acerca de el, las cuales el le responde de una manera sarcástica, desde ese momento empieza una coquetería de la cual no se esperan buenos resultados, mientras Nicolás habla con su hija sobre la petición de matrimonio.
Maria se encuentra aturdida y decide que su padre sea quien tome la decisión, su padre muy furioso dice que si dará la mano de su hija y junto con ella la de la dama de honor para que sea la amante, Bourienne llora pidiendo disculpas por lo que había hecho, en ese momento llega Basilio por la respuesta, y María sorpresivamente dice que no, que prefería quedarse al lado de su padre.
El 16 de noviembre, el escuadrón de Denisov al que pertenecía Rostov decide avanzar a la línea de fuego, en donde esperaron sin respuesta alguna de los franceses, a las nueve de la mañana empieza el ataque y el desfile de heridos, por el apoderamiento de un destacamento entero de la caballería francesa, esta noche la pasaron tranquila, al día siguiente se dirigen a Pratzen, y al llegar al pueblo el ejercito e divide con el fin de vigilar que no hayan soldados franceses, Andrés, mientras vigilaba nota la presencia de un grupo de soldados con uniforme diferente, en donde se destaca uno con uniforme negro con plumaje blanco, se trata del emperador, el cual es recibido con honores, pero tiene problemas con Kutuzov, en medio de la discusión Andrés se da cuenta de una columna francesa que sorpresivamente ataca, muchos soldados caen muertos, Kutuzov y Andrés son heridos de gravedad, mientras se encontraban en ese estado el mismo Napoleón se les acerco y dio orden de que fueran curados, luego los abandono en el lugar haciendo un acto de heroísmo con el enemigo.
Comentario personal.
En esta parte me gusta como el autor hace referencia al interés de las familias por comprometer a sus hijos con fines económicos, además el autor ya no se refiere a Napoleón con ira, ahora destaca cualidades las cuales lo muestran como un caballero que respeta las reglas de la guerra.
Cuarta parte
Numero de capítulos:8
Cuando Nicolás Rostov regresa a Moscú, es recibido como un héroe y como un buen partido para las jovencitas, el considera que ya a madurado y que hay que dejar atrás todos sus enredos con Sonia, en este momento los Rostov se encuentran muy bien económicamente y socialmente, el tres de marzo se celebra una fiesta en honor a Bragation, a la cual asisten todas las persona importantes de la región, junto con la aristocracia Pedro se sienta en frente a Dolokhov y a Nicolás Rostov, sufriendo una agonía que solo el sabe, aparentemente su esposa lo esta engañando con Dolokhov, quien empieza a murmurar con Rostov acerca de pedro ,el criado pone un papel al frete de pedro lo cual lo identifica como invitado respetable, pero Dolokhov se lo arrebata y empieza a satirizar sobre este, Pedro no se aguanta la burla y con grito reta a un duelo, el cual se realiza el día siguiente muy temprano y como resultado Pedro hiere de gravedad a Dolokhov, al día siguiente al duelo Pedro recibe la visita de Elena, ella reclama de manera brusca el asunto del duelo, lo ofende y lo insulta, haciendo que Pedro opte por tomar un mármol del suelo y amenazar con pegarle, entonces deciden separarse, Pedro le da algunos bienes para que los administre en san Petersburgo, mientras en Lisia-Gori no hay noticias de Andrés, las princesas están preocupadas por no saber si todavía se encuentra con vida, mientras su esposa empieza a sentir los dolores del parto, entonces llaman al medico que se encuentra en Moscú.
Una noche helada se ve acercarse a un grupo de personas con faros, toda la familia baja pensando que se trata del medico, pero la sorpresa es grande cuando ven que se trata del mismo Andrés, su esposa entre la agonía le muestra la felicidad que siente, en ese momento llega el medico el cual atiende a la esposa de Andrés, ella grita de tal manera que Andrés quiere entrar a la habitación pero no le es permitido, entonces el medico sale junto a la comadrona y anuncian la muerte de la mujer, Andrés muy desconsolado realiza los actos fúnebres y días después el bautismo de su hijo al que llama Nicolás Andreievitch.
Después del duelo Dolokhov se recupera y se hace mas allegado a los Rostov, a quienes se les acaba la alegría en el otoño de 1806 por que se anuncia una nueva guerra contra Napoleón, en donde se reclutan a todo tipo de personas para organizar diez regimientos, en una cena de navidad, Dolokhov pide la mano de Sonia quien reitera su amor por Nicolás y responde negativamente, Nicolás le pide que lo piense, que el ha cambiado, pero ella responde que nunca va a dejar de amarlo.
Comentario personal.
En esta parte me parece que el autor quiere reflejar el dolor, y los problemas que rodean a una familia y a las parejas en general, me gusta como describe los problemas que se presentan entre los integrantes de las mismas.
Quinta parte
Numero de capítulos: 3
La guerra se acentúa y las tropas de Napoleón se acercan a territorio ruso, Napoleón es considerado el enemigo numero uno de la humanidad, y en1806 el anciano príncipe Bolkonski en nombrado uno de los ocho generales jefe de las milicias, el acepta el cargo con honor y deseos de ir a la batalla, por lo contrario Andrés desde la muerte de su esposa no comparte los mismos deseos de su padre, envés de eso se queda a cuidar de su hijo el cual se encuentra enfermo, con el tiempo llegan noticias acerca de la derrota de Napoleón pero no es nada seguro, todavía hay que esperar, esta noticia junto con el alivio de su hijo hace que Andrés este mas tranquilo.
Pedro recuperado, tiempo después del duelo y de la separación e su esposa, visita la casa de Andrés en donde es muy bien recibido, Andrés lo invita a que visite a su hermana y a caminar por el campo mientras hablan de sus planes para el futuro, a los cual Andrés responde con tristeza, por la perdida de su esposa, en la noche en casa dl padre de Andrés llega el viejo príncipe quien saluda a Pedro con mucha alegría y discuten sobre la guerra, tema que no es del agrado de Pedro, pero igual estos dos días fueron especiales para el con la compañía de su amigo Andrés.
Comentario personal.
Aquí el autor vuelve a tomar su posición contra Napoleón, destacándolo como enemigo de la humanidad, además hace un paréntesis a la guerra y al sufrimiento para que después de tantos problemas los personajes tengan ratos agradables.
Sexta parte
Numero de capítulos:10
En 1809 mientras Andrés se dirige a ver la hacienda de su hijo, cruza por el bosque y se detiene por una sonrisa y una voz que lo atrae, se da cuenta que proviene de una hermosa mujer de ojos y cabello negro, al entrar en casa del conde Ilia Andreievitch Rostov, quien es el mariscal del distrito, ahí e entera que aquella mujer era Natacha con su alegría que siempre le ha caracterizado, Andrés es muy bien recibido y en la noche unas voces de mujer que provenían de la habitación de arriba a el, no lo dejaban dormir, eran las voces de Sonia y Natacha, pero a el no le disgustaba en realidad se sentía bien y no podía describir este sentimiento.
Mientras tanto pedro recibe una carta de su ex esposa en la cual ella le pide la reconciliación y que se consagren de nuevo, Pedro se convence de que ella lo ama y acepta, desde ese entonces las reuniones de Pedro eran mas interesantes, se codeaba hasta con el mismo emperador, su esposa había adquirido fama y glamour ante la sociedad, esto hacia sentir bien a Pedro quien a diferencia de ella pasaba desapercibido. El 31 de diciembre de 1810 se realiza una fiesta en casa de un noble de los tiempos de catalina, en donde Sonia y Natacha esperan ansiosas que las saquen a bailar, pedro insinúa a Andrés que baile con la joven Rostov, con quien hacen una pareja admirable, seguidamente otros jóvenes bailan con Sonia, el sueño de Natacha se hace realidad, lo mismo pasa con Andrés, el descubre que esta enamorado de ella, y al cabo de un tiempo pide la mano, lo cual no le agrada a su padre el conde y le pide que espere un año de luto de su esposa, como no hubo ceremonia casi nadie estaba enterado de que el joven Bolkonski y Natacha Rostov estaban comprometidos, una tarde Andrés, antes de viajar a San Petersburgo, fue en compañía de Pedro a casa de los Rostov, en donde le dijo a Natacha que en su ausencia, si había cualquier tipo de problemas llamara a Pedro que el es mas que un amigo, con la partida de Andrés, Natacha queda unas semanas triste y desolada.
Comentario personal.
Aquí se vuelven a presentar situaciones de calma, las cuales se prestan para nuevos enamoramientos, en donde el autor saca provecho al amor, y a la felicidad.
Séptima parte
Numero de capítulos: 6
La vida de Nicolás cambia en 1809, su actitud de guerrero lo hace rebelde ante su familia, sin embargo su amigos lo quieren y respetan, un día recibe una carta de su madre en la cual le escribe por motivos económicos, en esta carta explica que su familia esta en la quiebra por malos manejos del dinero, por esta razón ella a expulsado a Mitenka quien era el encargado de los manejos económicos de la familia, ella lo golpeo y despidió, haciendo que el corriera asustado a ocultarse e el bosque, por esta razón la mama plateo que la única solución era que Nicolás se casara con Julia Kuraguin, la cual era adinerada, Nicolás pensó en la decisión de su madre la cual acordó el compromiso con la madre de Julia quien no puso problema alguno, Nicolás pensó en que el no sentía amor por Sonia, además esto era conveniente para su familia, a e le gusta Kuraguin pero no esta enamorado de ella.
En las fiestas de navidad Nicolás y Sonia viven un idilio, el cual despierta tristeza para Natacha quien lleva si ver a Andrés desde hace cuatro meses, después de la navidad Nicolás decide casarse con Sonia lo cual genera descontento para su madre y dice que no esta de acuerdo con el compromiso, además opta por tratar ofensivamente a Sonia, esto hace que Nicolás tenga una pelea con su madre y que ella se de cuenta de que es el único obstáculo para la solución del problema económico de la familia, entonces deciden vender la casa de Moscú, y viajar mientras la condesa se queda sola en el campo.
Comentario personal.
En esta parte se cambian los papeles para una familia que vivía en un falso imperio, de orgullo y traición, aquí el autor da a entender que el que vive apegado a lo material o puede perder todo por no saberlo aprovechar.
Octava parte
Numero de capítulos:16
El príncipe Nicolás Bolkonski llega a Moscú acompañado de su hija, allí conoce y se gana el respeto de todas las familias mas prestantes de la ciudad, el príncipe se ve un poco viejo, mientras la princesa un poco triste por que todas sus esperanzas de casarse han desaparecido por el genio de su padre el cual siempre desprecia a los pretendientes, el regreso de Andrés y la cercanía de la boda con Natacha hace mas grande la tristeza, con el tiempo también llegan a Moscú los Rostov, el conde , Sonia y Natacha, pero no llegan a su casa, porque se encuentra deteriorada, se hospedad en la casa de una amiga llamada María Dimitrevna Akhrasimovna, a los dos días van en visita de Bolkonski, la visita no es muy agradable sobre todo para las dos jóvenes que se miran con recelo, no mas amable fue el saludo del futuro suegro de Natacha, que tan solo salió a saludar cinco minutos en pijamas, esto pareció un insulto lo que hizo que Natacha se disgustara mas. En la noche Maria los invita a la opera en donde conoce a Anatolio, ella siente una inmensa atracción por el pero respeta e amor que siente por Andrés, la condesa Elena arregla un encuentro para ellos dos, Anatolio tenia una fama de fiestero y mujeriego, por esta razón las madres trataban de alejarlo de sus hijas, Elena hace una fiesta de mascaras con el fin de que Natacha tuviera un encuentro con Anatolio, el que aprovechando la situación le escribe cartas de amor para concertar citas, Sonia encuentra una de estas cartas, en donde decía que iban a tener un encuentro en la noche, ella guarda silencio, pero no piensa permitir que se cometa esta fechoría, Sonia no resiste guardar mas este secreto y le dice a Maria Dimitrievna, la cual encierra a Natacha y le arruina sus planes, ella muy apenada opta por el suicidio, y trata de envenenarse, envía una carta a Andrés terminado su compromiso, Pedro se entera y va a visitar a Natacha y le dice que Anatolio no es un hombre de fiar y que ya esta casado, Pedro
le ordena a Anatolio marcharse inmediatamente d la ciudad, y le dice que esa fechoría seria imperdonable.
Comentario personal.
La historia cambia cuando se presenta un juego de traiciones por parte de los amantes, lo que trae una serie de problemas, que hace que las relaciones se pongan tensas entre los personajes, Leon Tolstoi quería dar a entender las diferentes situaciones de pareja.
Novena parte
Numero de capítulos:5
A finales de 1811, comienza el armamento y concentración de fuerzas de Europa occidental y en 1823 empiezan a avanzar de oeste a este, hacia las fronteras rusas, donde se hallan tropas del ZAR, en julio 12, la guerra es una realidad.
Luego de entrevistarse con Pedro, Andrés se dirige a san Petersburgo con el fin de solucionar problemas familiares, pero en realidad quiere arreglar cuentas con Anatolio por la traición con su esposa, Anatolio es advertido y huye, Andrés es nombrado como oficial, entonces se marcha para Turquía, el tenia dolor en el alma pero todo este asunto de la guerra lo ayudaba a olvidar la traición, cuando empieza la guerra Napoleón se dirige a Bucarest en busca de su nombramiento al ejercito del oeste, antes de empezar la campaña Nicolás Rostov recibe una carta de su familia en donde le dicen acerca de la enfermedad de su hermana por haber terminado con Andrés y la necesidad urgente de que egrese a casa, pues los problemas aun persisten, el responde a esa carta diciendo que el desearía volver a casa pero que la guerra no se lo permite, y que ama con todo su corazón a Sonia y desea verla, entonces sus tropas se marchan a Polonia, después se desplazan a través de toda la frontera, hasta que el 13 de julio tienen su primer encuentro en donde Nicolás se destaca con su participación. Pedro va a visitar a los Rostov porque desde tiempo atrás no lo hacia allí el tema de conversación fue la cercanía del ejercito francés a Moscú, y las intenciones de Napoleón de conquistar esta ciudad, esto dejo a todos sorprendidos, menos al joven Petia hijo menor de los Rostov , quien afirmaba irse a la guerra, al despedirse de Natacha, Pedro sintió algo que no podía explicar, como una animación especial, por esta razón decidió no volver a aquella casa.
Comentario personal.
El autor nos muestra los resultados de una traición amorosa, y de cómo el hombre tiende a olvidar, buscando otras alternativas para continuar su vida.
Décima parte
Numero de capítulos:22
En el mes de julio el viejo príncipe Bolkonski, se ve animado y empieza a arreglar y a construir un edificio para los criados, pero la alegría no le dura mucho, pues recibe una carta de su hijo advirtiendo que el ejercito enemigo esta cerca de su casa y que debería marcharse lo mas rápido a Moscú, toda su familia acepta, menos el viejo que quiere quedarse en sus tierras, arreglando el viaje para María, todos insistieron para irse a Moscú pero el viejo no aceptaba y María no quería dejarlo solo, un día el viejo salió a caminar y cuan llegaba al jardín le dio un infarto, cuando llego el medico murió, esto puso muy triste a María, y luego decidió marcharse a Moscú, cuando se iba a ir una multitud de campesinos intentaron detenerla, entonces mando por ayuda a un lugar donde ella sabia que se encontraba Nicolás Rostov, el al recibir la petición de ayuda inmediatamente salió al rescate de María, llego al lugar de la tragedia y logro rescatarla, esto hizo que ella se enamorara de el, y el sintiera atracción por ella. Pero esta se acaba cuando piensa en Sonia.
La guerra continua, Pedro parte de Moscú, por el camino se entera de que se ha librado una batalla en donde hay muchos muertos y destrozos, el decide seguir su camino y consigue tropas por todas partes, llega a Tatarinovo y observa lo mismo, gente huyendo, soldados, carretas, allí conversa con un medico para enterarse de que es lo que pasa, entonces Pedro decide quedarse para ver con sus propios ojos que es lo que pasa, entonces encuentra al príncipe Andrés, que al encontrarlo solo se veía su cara de dolor y hostilidad, Pedro sigue su rumbo con el fin de seguir sus observaciones, haciendo caso omi6so a las recomendaciones de su amigo de ir a casa, todo lo contrario, le dice a su lacayo que lo despierte temprano para ver la batalla, al otro día con el sonido de los cañones se levanta asustado y sale a ver la batalla, los soldados lo miran con recelo pero con el tiempo se acostumbran a el, que esta impresionado al ver como las balas de cañón acaban con muchos soldados de lo que están al lado de el.
El ejercito quedo disminuido, impotente Kutuzov miraba la derrota de sus tropas mientras el príncipe Andrés estaba con las reservas esperando la orden de ataque, en ese momento son atacados sorpresivamente y Andrés es herido de muerte y llevado a donde se encontraba el medico, por cosas de la vida al lado de el había un paciente al que le tenían que cortar una pierna para salvar su vida, era Anatolio, Andrés, recordó lo que el hizo con su esposa pero antes de cualquier deseo de venganza, sintió lastima por el, con el ejercito diezmado el resultado de la batalla fue darle paso a Napoleón hacia Moscú.
Comentario personal.
El autor hace referencia de nuevo a la guerra, vuelve a mostrar el poderío francés, también se refiere al karma, a la recompensa que recibe la gente cuando traiciona y también habla de el poder e perdonar.
Undécima parte
Numero de capítulos:12
Cuando termino la batalla Pedro intento ayudar a los heridos, pero toda la sangre hicieron que el se alejara de la ambulancia, aunque ya no escuchaba ni los estruendos de los cañones ni los disparos se veían caras de dolor, sangre y cuerpos transfigurados, esto lo aturdió, luego recibió una carta de su esposa, la cual leyó y no se volvió a saber nada mas de el hasta el saqueo.
La proximidad del ejercito enemigo a Moscú obliga a que la gente huya de la ciudad, algunos se quedan para ayudar a los soldados heridos, Natacha le dice al conde que deje entrar a algunos de los soldados al casa para prestarles ayuda, el dice que no pero después accede, luego cuando se van a ir Natacha pide al conde que deje coches para transportar heridos, Sonia mientras tanto se da cuenta que en los heridos que se encuentran en el coche, esta el príncipe Nicolás, sin embargo ella se lo oculta Natacha, el primero de septiembre, Kutuzov ordena le retirada de Moscú, a su llegada Napoleón con su ejercito espera que los lideres del pueblo salgan y se rindan ante el, pero para este entonces la ciudad se encuentra desierta, los soldados entraron a las lujosas mansiones y saquearon todos los objetos de valor, el viejo Rostov no lo podía creer y se ataco a llorar como un niño, Natacha se entera de que Andrés se encuentra herido y haciendo caso omiso a su padre va en plan de cuidarlo, por su parte Pedro que había estado en la ciudad, siendo testigo de los desastres de los franceses, se despierta y planea matar a Napoleón, cuando iba a cumplir su propósito una señora le pide que le ayude a buscar a su hija, la que da por muerta, Pedro la rescata con vida, cuando la entrega a su madre, es arrestado por los franceses y acusado de incendiario.
Comentario personal.
Después de todos los problemas que tuvo Pedro, el autor muestra que las situaciones hacen cambiar a una persona.
Duodécima parte
Numero de capítulos:11
En san Petersburgo las cosas siguen sin problema alguno, mientras en la batalla de Borodino algunos luchaban, en la casa de Ana Pavlovna daba una fiesta en Nicolás se encuentra con Maria Bolkonski, todos están deseosos de comprometer a la joven pareja, pero Nicolás reitera de nuevo su amor a Sonia y prefiere olvidar el asunto, a mediados de septiembre Maria se entera de que su hermano se encuentra herido, y que Nicolás rompió su compromiso con Sonia, además que se encuentran en compañía de Andrés, entonces parte al encuentro de ellos, por su parte Nicolás después de haber roto con Sonia se siente mas libre de amar y corresponde a María, Pedro que aun se encuentra prisionero, sufre un sin número de torturas y ve como los demás acusados de incendiarios son ejecutados a sangre fría, el cree que va a morir pero después de un tiempo hace amistad con un soldado del cual aprende mucho, y que deja recuerdos hermosos del conde Bezukhov, mientras Andrés muere compartía sus últimos momentos con Natacha, para apaciguar las penas y olvidar lo que paso con Anatolio, lo cual para su hermana fue fatal, y al verlos no pudo contener las lagrimas, cuando el recibe los últimos sacramentos todos lloran y hacen una estrecha amistad.
Comentario personal.
La historia se empieza a desenvolver, al autor muestra que después de la tempestad llega la calma, además enfatiza en la reconciliación.
Decimotercera parte
Numero de capítulos:14
En octubre Pedro recupera la libertad, a medida que va viajando a su hogar sufre algunas complicaciones, además se entera que Andrés murió, y lo único que quiere es alejarse de estos lugares que le causan tanto dolor, va a visitar a los Bolkonski, y al ver a Maria se pone triste y trata de consolarla por la muerte de su hermano, después ve a Natacha por la cual tiene un aprecio muy especial, el cual despierta recelo en María, que después se da cuenta y ayuda a Natacha a conseguir la felicidad que no consiguió con su hermano, las visitas continuaron y después de un tiempo, en 1813 se casan, esta tal vez es una de las pocas alegrías que tienen los Rostov, después todos regresan a Moscú, el viejo conde muere después de tanto sufrimiento, la perdida de sus hijos, y el sufrimiento de la condesa ayudaron a cavar su tumba, cuando murió Nicolás se retiro de las ropas rusas, al volver a Moscú se encontró con unas deudas que dejo su padre, tomo un empleo publico y con dolor acepto un préstamo de su cuñado Pedro para pagar las deudas, con el tiempo se enamoro de la princesa María y en otoño decide casarse con ella.
Comentario personal.
El final es estimulante para el lector, cada uno de los personajes termina en una situación de paz, aunque el autor deja aparte el tema de la guerra y no se sabe que pasa.
Enviado por heathcliff el Tuesday, 15 September a las 23:11:20 (699 Lecturas)
(Leer más... | Puntuación 0)
Nápoles 1944 (Norman Lewis)
greatwhitewonder escribió "Con el desembarco de los aliados en Salerno, el 8 de septiembre de 1943 daba comienzo la encarnizada carrera que recorrió toda la península italiana a un ritmo desesperantemente lento y que pretendía amenazar a Alemania desde el sur, distrayendo fuerzas para el proyectado ataque al año siguiente a través del Canal de la Mancha.
Al día siguiente, Norman Lewis, oficial del Servicio de Inteligencia británico, adscrito a la Comandancia del Quinto Ejército Americano, pisaba tierra italiana. La misión de su unidad era garantizar la seguridad en la zona de Nápoles, realizar informes sobre sospechosos, prevenir sabotajes, tejer una red de contactos que permitiera obtener información relevante para el curso de la guerra, etc.
Norman Lewis recoge esta experiencia en este libro en forma de diario (Nápoles 1944. Un oficial del Servicio de Inteligencia en el laberinto italiano), que abarca desde septiembre de 1943 hasta octubre de 1944, en el que vuelca todos los recursos que le han dado fama en el campo de la literatura viajera con obras como Viajes por Indonesia o Voces del viejo mar.
Entrando en materia, el contenido del libro resulta descorazonador. Se suele tener la idea de que, según avanzaban las tropas aliadas, los pueblos liberados recuperaban la paz, el orden y la justicia; cesaba de alguna manera el hambre extrema y se restablecían las estructuras del poder (policía, sanidad, educación, ...). Lo que pone de manifiesto Norman Lewis es precisamente la situación contraria. El desorden aflora tras la liberación, las mujeres (incluso niñas y niños) deben prostituirse con el fin de lograr un mínimo sustento, el contrabando de material robado del ejército alcanza unos niveles de desvergüenza difícilmente tolerable y las tropas de ocupación apenas hacen otra cosa que mirar para otro lado, aduciendo que se trata de cuestiones internas que deben resolverse por las nuevas autoridades italianas, o tratar de sacar provecho y rentabilizar esta situación.
Norman Lewis comprende demasiado pronto que la mayoría de las denuncias que recibe no responden a motivos fundados, sino más bien a venganzas personales, antiguas rivalidades familiares o incluso a desplantes matrimoniales. Todos parecen querer engañar a los incautos soldados para arrimarles a sus intereses, para lograr sus favores, de manera que el joven oficial adoptará una posición de gran escepticismo, tanto ante las denuncias e informaciones que recibe, como ante la actitud de sus superiores que parecen mostrar empeño sólo en detener a pequeños rateros y estraperlistas dejando en libertad a quienes mueven los hilos.
Lewis tiene asignadas labores de vigilancia en algunos pueblos próximos a Nápoles integrantes de la llamada Zona di Camorra. Es sorprendente comprobar cómo esta mafia ha conseguido incluso que muchos de los soldados americanos destinados a esta campaña sean de origen italiano y que alguno de sus cabecillas haya regresado a la región para reorganizar unos negocios que alcanzan incluso al Gobierno Militar Aliado. La omertà, la complicidad encubierta (en muchos casos forzada por el temor) son el caldo de cultivo idóneo para alentar esta situación.
Este paisaje brutal se acompaña de fiebres tifoideas, brotes de malaria e innumerables enfermedades venéreas a las que una destrozada infraestructura sanitaria no puede oponerse. Hay hospitales en los que el único personal sanitario es una enfermera que, al llegar la noche, regresa a dormir a su casa quedando abandonados los heridos y enfermos hasta que, a la mañana siguiente, se hace el recuento de los que han sobrevivido a la noche. En este contexto, los amuletos, procesiones y anuncios de milagros conforman un retorno a la Edad Media: enfermedad, superstición, hambre y abuso de poder son los ingredientes principales de aquellos días.
Ante la falta de sólidas instituciones que provean de alimentos, ropas y medicamentos a la población civil, ésta debe organizarse (atrapada entre las fuerzas de ocupación y la Camorra) para sobrevivir como pueda. Se cortan y roban cables de cobre, se desguazan coches aparcados en calles céntricas a plena luz del día, se confeccionan abrigos con mantas militares robadas o trajes civiles con uniformes militares despiezados y teñidos en colores oscuros ante la indignación de los mandos militares aliados incapaces de ordenar la vida de estos italianos demasiado acostumbrados a que luchar por su supervivencia tras el gobierno fascista y la ocupación alemana.
En ese contexto de precaria estabilidad se mueven a sus anchas quienes pretenden tomar posiciones de cara al futuro. Por eso, no es de extrañar que parte de la tarea de Lewis, como oficial de inteligencia, sea precisamente la de examinar e informar de la multitud de partidos políticos que se van creando al amparo de la nueva situación política. Vemos a individuos del régimen fascista que pretenden reconvertir su ideología para camuflarla bajo un ropaje democrático. Pero también hay quienes, en el fragor de la contienda y la inevitabilidad de un nuevo momento histórico, recuperan del pasado una organización social más propia del Imperio romano, propugnando el abandono de la civilización, recuperar la túnica y la toga, la vida alquiler" href="http://www.cumbresborrascosas.net/" target="_self">rural todo ello previa secesión del norte industrial.
Pero no sólo los italianos tratan de salir adelante. Los soldados americanos se benefician de su situación económica para birlar las chicas a los napolitanos empobrecidos, cuando para comprar sus favores. Esta situación llega a ocasionar una pequeña "rebelión" de los jóvenes italianos contra los soldados de ocupación. En ocasiones, estas relaciones se tornan más serias y Lewis se verá obligado a realizar numerosos informes sobre la conveniencia o no de dichos matrimonios. Descubre así cómo la necesidad empuja a las mujeres a los brazos de hombres a los que no aman, pero también ve cómo soldados que sólo se comunican con sus "prometidas" por signos, buscan desesperadamente un modo de olvidar la guerra.
Y es que el ejército no es esa máquina que actúa implacablemente, ajena a los sentimientos. Algunos soldados americanos desertan y se unen con sus armas a grupos de bandoleros italianos que caen sobre pueblos indefensos para saquear a sus pobres habitantes. El "fuego amigo" causa casi tantas bajas como el enemigo alemán y la Justicia Militar es aleatoria y dependiente del humor de un juez que desconoce las costumbres locales.
Sin embargo, el genio de Lewis permite que asome entre sus páginas el pintoresco color de las calles napolitanas, la sabiduría de sus gentes y sus costumbres. Entre sus informadores se cuenta un importante número de abogados y médicos, sin trabajo ni ocupación conocida salvo la de ostentar su título, que no tienen de qué comer y que son los primeros en ofrecerse como versados contactos a las tropas aliadas (probablemente después de haberlo hecho con las alemanas). De ellos, y de las amistades que sabe granjearse, Lewis aprende y llega a comprender y admirar a este pueblo. Elementos como la religiosidad algo pagana, la figura del "tío de Roma" -con funciones similares a la de las plañideras profesionales-, la buena disposición para la conversación relajada o la resignación fruto de la experiencia histórica acaban por ganarse a Lewis que progresivamente se aleja de sus compañeros identificándose con los ocupados. En parte por este motivo, Lewis es trasladado repentinamente a una misión en el Oriente Próximo de la que sabe que ya no regresará a esa Italia ocupada.
Nápoles 1944 es un ejemplo de literatura de alta calidad, más allá de su carácter de libro testimonial de un momento histórico o de libro de viajes, tal y como lo ha catalogado la editorial. El tono de comedia o vodevil acompaña sus páginas desdramatizando la realidad descrita, sin por ello banalizar la guerra, el hambre o la enfermedad. Lewis sabe crear una confrontación pacífica entre sus orígenes anglosajones y la vitalidad meridional y deja clara su preferencia sin condicionar la posición del lector, saliendo indemne del laberinto italiano a que hace alusión el subtítulo de la obra. Confieso que he leído "
Enviado por heathcliff el Monday, 08 December a las 04:54:18 (690 Lecturas)
(Leer más... | 9248 bytes más | Puntuación 0)
TIERRA SONAMBULA (Mia Couto)
trinquete escribió "Quiero introducir que hay un problema en la elección de tópico para esta ficha. He clickeado bélica porque hay una guerra como contexto, pero no es tal. Leí este libro hace algunos años y releo páginas cada cierto tiempo, siempre buscando una frase que me pareció una expresión maestra: "hay mujeres que son lluvia y otras que son relente". Comentar, además que el libro en lengua portuguesa de Mozambique (Mia Couto es de Mozambique) está muy bien traducido al español (no digo castellano, porque en toda L.A se dice español). También, que Mia Couto es un autor al que se ha referido en varias ocasiones el escritor gallego Manuel Rivas (para quien no recuerde de que le suena puede ser por su novela llevada al cine, El lápiz del carpintero). La novela es un mundo pequeño de tres: autobús (machibombo) quemado, Muidinga y Tuahir, niño y viejo en un mundo enorme de guerra que es corrupción, muerte, negocios, y todo lo que sucede cuando no hay guerra. Sólo que la guerra hace sonámbula la tierra. Al terminar el libro se tiene la sensación de haber entrado en un mundo burbuja que ya no se puede olvidar. La sensación de que no sobra ni una palabra, ni una coma, porque si faltara ya no sería ese mundo. Quizá es la misma impresión (al menos yo) recibida al leer Cein años de soledad, El llano en llamas o Pedro Páramo, por decir algunos títulos que no son todos los posibles. A su vez, cada palabra envuelve un universo en sí misma. Tiene pasión, poesía, concreción y un encaje del mundo que nos expande la conciencia a través del lenguaje. "
Enviado por heathcliff el Wednesday, 09 April a las 00:37:30 (978 Lecturas)
(Leer más... | 1733 bytes más | Puntuación 0)
Europa contempló con asombro en los años noventa los sucesivos conflictos que surgieron tras la desintegración de Yugoslavia. En el seno de una Europa que se preciaba de sus ideales de civilización, prosperidad, derechos humanos, etc, surge un conflicto que pone de manifiesto una realidad discordante. La caída del comunismo fue saludada como la oportunidad para la reconciliación de los europeos, divididos hasta la fecha por el telón de acero, pero cuando aún no se habían podido calibrar las consecuencias de estos cambios, apareció un nuevo foco de confrontación que amenazaba por extenderse a los estados vecinos.
La Europa que gustaba de presentarse como fruto de una tradición cultural, intelectual y religiosa común, se sorprendía al contemplar guerras de carácter étnico y religioso, a pocos kilómetros de sus modernas capitales. Más aún, toda Europa descubrió que expresiones como limpieza étnica, fosas comunes o franco tiradores, saltaban a la realidad desde los documentales y los libros de historia volviendo a reclamar su espacio.
Ese pasado, las guerras balcánicas de principios del siglo XX, el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, se aglutina con precisión milimétrica para destruir una imagen confortable de nosotros mismos. ¿Y qué hace Europa? Entre dudas, vacilaciones, decisiones equivocadas, reconocimientos unilaterales, interesados y precipitados de nuevos estados, el caos y la división vuelven a ponerse de manifiesto.
Los ciudadanos europeos, quizá ajenos a las complicadas leyes geopolíticas, contemplan las noticias de la televisión con asombro y horror. Las explosiones, las muertes en la cola de una panadería o la gente corriente por las calles no vienen de países del Tercer Mundo, de Jerusalén o de Líbano: vienen de Europa. Los muertos viven, vivían, en casas prácticamente iguales a las nuestras. Casas con calefacción, televisión y video, antena parabólica. Sus habitantes no son de piel oscura, ni llevan extraños atuendos. Visten como nosotros, con americana y corbata, con faldas ceñidas y tacones. Y como nosotros, parecían vivir ajenos a las miserias del mundo, pero ahora deben correr por sus calles huyendo de balas perdidas, granadas, cascotes. Incomprensible.
Y mientras algunos reflexionaban sobre el fin de la historia, el renacimiento del nacionalismo o la pujanza del Islam, los ciudadanos de la antigua Yugoslavia trataban de continuar con sus vidas, de superar sus problemas diarios, sus inmensas dificultades. De esta experiencia extrae Dzevad Karahasan el principal aporte a su obra, Sarajevo. Diario de un éxodo.
En este libro, Karahasan reflexiona sobre las consecuencias del conflicto en la vida de los habitantes de Sarajevo, desde un punto de vista filosófico; esto es, discurre sobre los efectos morales de la guerra, sobre el papel del intelectual ante la misma, sobre los efectos de los bombardeos como factor de cohesión de la comunidad asediada, etc. De todas sus reflexiones escojo al azar las siguientes:
- El papel del trabajo (y el Arte) como reserva de la dignidad humana: Durante el asedio de Sarajevo Karahasan fue nombrado decano de la facultad de Artes Escénicas. Tras uno de los primeros grandes bombardeos sobre la ciudad se reunió con sus alumnos y decidieron continuar con el curso en la medida de sus posibilidades, preparando la representación de las obras de fin de carrera.
El profesor Karahasan arenga así a sus alumnos: “Les ruego que trabajen tanto y tan bien como les sea posible. Su trabajo es lo único que, de momento, puede liberarlos del miedo y ayudarlos a conservar la dignidad, la sensibilidad y el juicio. Los hombres se han desentendido de nosotros, la fortuna nos ha dejado atrás, el mundo se aparta y la realidad material en la que nos han enseñado a creer nos abandona. Lo único que todavía no nos ha dejado es nuestro trabajo; lo que aprendemos y el oficio al que servimos aún nos protegen. Una de las funciones básicas del arte es la de proteger a la gente de la indiferencia, y el hombre está vivo mientras no permanezca indiferente”.
Nada parece más contradictorio que un conflicto y el Arte. Pero precisamente el conflicto nace cuando los hombres pierden esa sensibilidad, esa capacidad de empatía y ese respeto, no sólo por los demás sino por uno mismo. Trabajo, dignidad, sensibilidad y Arte surgen de entre las cenizas humeantes de Sarajevo como verdades inmutables, verdadera esencia de esa cultura que Europa no supo defender en aquellos días.
- Fundación del PEN Club de Bosnia y Herzegovina: un colega de Karahasan le invita a la fundación del PEN Club como acto de rebelión y resistencia frente a los horrores de la guerra. Pese a sus iniciales resistencias a participar en este tipo de actos formales, y ante los argumentos de su amigo, decide participar en el acto (aunque finalmente un bombardeo le impedirá llegar al lugar donde se ha convocado la reunión): “Mientras pensáramos en la literatura, mientras nos saludáramos tal como exige la buena educación y utilizáramos los cubiertos para comer, mientras deseáramos escribir o pintar algo, mientras nos esforzáramos por articular nuestra situación y sentimientos a través del teatro, tendríamos la posibilidad de persistir como seres de cultura, de defender nuestra ciudad y la tolerancia que en ella reinaba, de salvaguardar nuestro derecho a la convivencia entre pueblos, religiones y convicciones diferentes. Por eso era importante que en la reunión en la que se fundara el PEN Club de Bosnia y Herzegovina estuviéramos todos los que teníamos que estar”.
- La Verdad en una obra de Arte: el asedio de Sarajevo y las duras condiciones de vida que debían afrontar sus habitantes, provocaron una pequeña escena, apenas perceptible, apenas de dos o tres segundos de duración, en una de las representaciones de los alumnos de Karahasan. El actor debe tomar la mano de la actriz y besarla con apasionado amor. Esa mano simboliza en la obra lo hermoso, refinado e inalcanzable. Sin embargo, la realidad se cuela de manera indiscreta en el escenario. La mano de la actriz está ajada, falta de cuidado y de higiene (el agua se había convertido en un recurso precioso) y el actor no puede disimular la distancia que hay entre el objeto de deseo que se supone ha de besar y la realidad que sus ojos contemplan. Sólo un gesto, un breve instante y sus labios se posan ardorosamente sobre esa mano y, desde ese momento, la compenetración entre ambos intérpretes alcanza un nivel excepcional. Sin embargo, la mirada analítica del profesor se ha detenido en ese leve momento en el que el actor ha sido incapaz de abstraerse la realidad e interpretar su papel, recrear la ficción.
De esta escena surge la siguiente reflexión: “En la escuela se aprende que la verdad interior de la obra de arte consiste en la realización consecuente de los principios básicos de la estructuración; pero ahora sé, gracias a ese instante, que existe una forma más profunda y muy diferente de verdad interior de la obra de arte, esa que se alcanza sólo cuando mediante el arte se defiende y demuestra la realidad de las personas vivas y su necesidad de vivir como seres de cultura, y de modo tal que esa necesidad de cultura es al mismo tiempo una necesidad existencial”.
- Las dos traiciones de la Literatura: Karahasan acusa a la literatura de su país de dos graves culpas. De una parte, considera que la literatura de la forma, la estética, la que abandera el arte por el arte, la que se recrea en ella misma como principio y fin, al margen de todo lo ajeno a ella, es culpable de favorecer un distanciamiento ético de la realidad. La ausencia de valores y principios se traduce en una sociedad insensible, egoísta, centrada sólo en el placer más inmediato. De ahí que el sufrimiento ajeno sea visto como una mera cuestión estética; puede ser bello o no, pero no se enjuicia moralmente. Acusa, por tanto, a estos escritores de inmorales y a sus escritos de evitar un posicionamiento entre el bien y el mal.
Pero Karahasan también acusa a la literatura de alejarse del modelo en el que los personajes tienen un carácter, una psicología, un modo de pensar y sentir en función del cuál actúan. Se admiten cambios de personalidad, flexibilidad en sus actos y emociones, pero, en definitiva, cada personaje es un individuo que se representa a sí mismo. Por contra, Karahasan señala acusadoramente a la literatura en la que las personas actúan de un modo u otro en función, no de su individualidad, sino de su pertenencia a una religión, a un partido político, a una nación. Así, el serbio tiene una personalidad y un modo de pensar y actuar diferente al de un bosnio, un conservador o un musulmán; es su pertenencia a una etnia lo que le convierte en estandarte de la misma. El individuo queda desposeído de sí mismo para ser reducido a un arquetipo sobre el que construir el odio y el rechazo, los tópicos que luego repetirán los generales y los políticos en sus discursos.
Si bien es cierto que ambas visiones de la literatura parecen contradictorias (una es claramente desideologizadora, la otra es profundamente ideológica) y que es probable que ambas tendencias sean consecuencia (y no causa) de la realidad metaliteraria, no es menos cierto que Karahasan opta por una visión del individuo libre y responsable de sus actos, con capacidad y autonomía para decidir; opta por un ciudadano, no por un serbio o croata y, al menos en esto, no podemos por menos que estar de acuerdo con él.
El libro se cierra con una despedida melancólica: los primeros judíos arribaron a Sarajevo a finales del siglo XV, llegaban tras la expulsión de España por los Reyes Católicos. En Sarajevo se asentaron y compartieron la fortuna y la desgracia de la ciudad al igual que el resto de sus habitantes. Durante el cerco a Sarajevo se celebró el Quinto Centenario de su llegada y, pocos días después, la práctica totalidad de la comunidad judía de Sarajevo abandonó la ciudad rumbo a un nuevo exilio. Los judíos se ponían de nuevo en marcha después de quinientos años, después de haber sobrevivido a diferentes dominaciones de la ciudad (el Imperio Otomano, el régimen nazi, la dictadura comunista, ...).
Y Karahasan se pregunta si la propia idea de Sarajevo como centro de convivencia de tres religiones, tres culturas, ha sucumbido a la fuerza bruta y si, como han hecho los judíos durante dos mil años tras sus celebraciones despidiéndose con un “el año que viene en Jerusalén” siendo dicha ciudad más una referencia mítica que un centro físico, no harán lo propio los sarajevos repitiendo acongojadamente “el año que viene en Sarajevo”. Y es que, en definitiva, el éxodo al que hace referencia el título del libro no es sino la constatación de la orfandad del autor al que sólo el mito de una ciudad, a la que ya no puede reconocer en la realidad que le rodea, sostiene.
Enviado por heathcliff el Saturday, 01 March a las 19:42:53 (827 Lecturas)
(Leer más... | 12116 bytes más | Puntuación 3)
EL CANTAR DE HILDEBRAND
Este nombre ha sido dado a un fragmento de sesenta y ocho versos, que ocupa la primera y la última página de un manuscrito teológico del siglo IX, hallado en el monasterio de Fulda, cerca de Kassel. El hallazgo tuvo lugar en 1729; el descubridor, J. G. von Eckhart, publicó el texto, con un comentario en latín, como prosa, por ignorarse entonces las leyes del verso aliterativo. El tema del Hildebrandslied pertenece a la historia legendaria de los godos. El rey Teodorico (Dietrich) ha sido desposeído por Odoacro (Otacher); al cabo de treinta años de destierro vuelve a su reino con el fin de reconquistarlo. Uno de sus guerreros es Hildebrand, que lo acompañó en el exilio abandonando a su mujer y a un hijito. Los dos ejércitos se enfrentan; un joven ostrogodo provoca a Hildebrand a singular combate. Hildebrand le pregunta quién es: «¿De qué linaje eres? Nómbrame a uno de los tuyos y yo te nombraré a los otros, porque conozco a todas las personas de este reino.» (En el orbe germánico, como en el homérico, un caballero no peleaba con cualquiera; recordemos la declaración análoga de Sigfrido, en el fragmento anglosajón de Finnsburh.) El otro responde que es Hadubrand, hijo de Hildebrand, que, huyendo de la ira de Odoacro, emigró al Oriente con Teodorico. Hildebrand le revela que es su padre y quiere darle sus brazaletes de oro. Hadubrand piensa que se trata del ardid de un cobarde y lo obliga a pelear. En este lugar el texto se trunca; un pasaje del Heldenbuch informa que el hijo muere a manos del padre. Este desenlace pareció demasiado terrible; en ulteriores versiones de la leyenda, la Thidrekssaga, del siglo XIII, y el Jüngeres Hildebrandslied, del siglo XIV, hijo y padre se reconcilian. El tema del padre que tiene que matar a su hijo pertenece también a las tradiciones de los celtas y de los persas. El Shah-nama (Libro de los Reyes) es una historia completa de Persia, en sesenta mil versos pareados; esta desmesurada epopeya, redactada en el siglo X, historia el combate de Rustam con su hijo Suhrab. A la vista del ejército persa y del ejército tártaro, luchan los dos campeones, las espadas se rompen y tienen que pelear con las clavas. Rustam mata a Suhrab. Este, al morir, dice que lo vengará Rustam, su padre. El combate ha durado dos días; Rustam entierra al hijo, cuya identidad le ha sido revelada demasiado tarde. En el Hildebrandslied el padre comanda un ejército de hunos; en el Shah-nama, el hijo guerrea entre los tártaros. Es curioso comprobar que en cada versión uno de los ejércitos pertenece a la raza mongólica79. El Hildebrandslied es un ejemplo de la antigua poesía heroica alemana, compuesta en verso aliterado. De la existencia de este fragmento, ahora solitario, podemos inferir la de todo un género análogo, inaccesible, hoy, a nosotros. La versificación del Hildebrandslied es rudimentaria; hay palabras compuestas, pero no metáforas.
Enviado por heathcliff el Tuesday, 01 January a las 11:15:01 (1363 Lecturas)
(Leer más... | 3379 bytes más | Puntuación 0)
LA ODA DE BRUNANBURH
Este poema conmemora una gran victoria de los sajones occidentales, comandados por el rey Aethelstan y por su hermano Edmund, sobre una coalición de daneses, escoceses y galenses en el año 937. Anlaf (Olaf), rey de los daneses de Irlanda, invadió el reino de Inglaterra, penetró en el campamento sajón y cantó, acompañándose del arpa, para el rey y sus huéspedes. Este le dio unas monedas; Anlaf, que no podía aceptar un regalo del hombre a quien pensaba destruir, las enterró. Fue observado y reconocido por un soldado que había servido con él. Anlaf volvió a su ejército, pero el soldado denunció al rey sajón la verdadera identidad del juglar. «¿Por qué no hablaste antes», dijo Aethelstan. El soldado repuso: «Si hubiera traicionado a quien serví antaño, ¿confiarías en mí, que te sirvo ahora?» Aethelstan lo premió y mudó la disposición de su ejército. Al día siguiente se libró la batalla, que duró «desde que esa famosa estrella, el sol, resplandeciente candela de Dios, surgió en el tiempo de la mañana, hasta que la gloriosa criatura resbaló sobre los campos y declinó en su ocaso». Anlaf, vencido, pudo huir a sus naves; «cinco jóvenes reyes fueron entregados al sueño por las espadas».
Tennyson ha vertido al inglés, a un inglés casi puramente germánico, la oda de Brunanburh. Su versión es clásica; transcribimos un par de estrofas, admirables por su vigor, que conservan y aún exageran las aliteraciones del original:
All the field with blood of the fighters Flowed, from when first tbe great Sun'-star of morning-tide, Lamp of the Lord God Lord everlasting Glode over earth till the glorius creature Sunk to his setting. There lay many a man, Marr'd by the javelin, Men of the Northland, Shot over shield. There was the Scotsman Weary of war.
Tide, en la tercera línea, vale por tiempo, pero la connotación o sugestión de marea da ímpetu al verso... En Brunanburh, la batalla es el trato de las lanzas, la comunión de las espadas, el choque de los estandartes, el encuentro de hombres, y el sol es la «resplandeciente candela de Dios», Godes Condel beorht. Estas metáforas fueron admiradas por bárbaras; no se sabía que en el siglo X ya eran lugares comunes. Hay en el poema una suerte de júbilo feroz; el poeta no atribuye la victoria al Señor, sino a las espadas del rey. Los últimos versos nos dicen que en Inglaterra no se dio una batalla igual desde que los sajones y los anglos, «soberbios herreros de la guerra, fueron a buscar a los britanos a través de los anchos mares». El texto, evidencia de una curiosa memoria histórica, se refiere a las primeras invasiones germánicas de Inglaterra en el siglo V. Otra pieza famosa, que pertenece a la literatura escandinava, fue inspirada por la victoria de Brunanburh; la compuso el escaldo y aventurero islandés Egil Skallagrimson, que militó en las huestes sajonas, y festejó el triunfo en una oda que incluye una breve elegía a la muerte de su hermano, que murió en batalla a su lado.
Enviado por heathcliff el Tuesday, 01 January a las 11:07:38 (1291 Lecturas)
(Leer más... | 3750 bytes más | Puntuación 0)
VIRGILIO. LA ENEIDA
Una parábola de Leibniz nos propone dos bibliotecas: una de cien libros distintos, de distinto valor, otra de cien libros iguales todos perfectos. Es significativo que la última conste de cien Eneidas. Voltaire escribe que, si Virgilio es obra de Homero, éste fue de todas sus obras la que le salió mejor. Diecisiete siglos duró en Europa la primacía de Virgilio; el movimiento romántico lo negó y casi lo borró. Ahora lo perjudica nuestra costumbre de leer los libros en función de la historia, no de la estética.
La Eneida es el ejemplo más alto de lo que se ha dado en llamar, no sin algín desdén, la obra épica artificial, es decir la emprendida por un hombre, deliberadamente, no la que erigen, sin saberlo, las generaciones humanas. Virgilio se propuso una obra maestra; curiosamente la logró. Digo curiosamente; las obras maestras suelen ser hijas del azar o de la negligencia.
Como si fuera breve, el extenso poema ha sido limado, línea por línea, con esa ciudadosa felicidad que advirtió Petronio, nunca sabré por qué, en las composiciones de Horacio. Examinemos, casi al azar, algunos ejemplos.
Virgilio no nos dice que los aqueos aprovecharon los intervalos de oscuridad para entrar en Troya; habla de los amistosos silencios de la luna. No escribe que Troya fue destruida; escribe Troya fue. No escribe que un destino fue desdichado; escribe De oera manera lo entendieron los dioses. Para expresar lo que ahora se llama panteísmo nos deja estas palabras: Todas las cosas están llenas de Júpiter. Virgilio no condena la locura bélica de los hombres; dice El amor del hierro. No nos cuenta que Eneas y la Sibila erraban solitarios bajo la oscura noche entre sombras; escribe:
Ibant obscuri sola sub nocte per umbram
No se trata, por cierto, de una mera figura de la retórica, del hipérbaton; solitarios y oscura no han cambiado su lugar en la frase; ambas formas, la
43 Biblioteca personal, Hyspamérica, 1987
habitual y la virgiliana, corresponden con igual precisión a la escena que representan.
La elección de cada palabra y de cada giro hace que Virgilio, clásico entre los clásicos, sea también, de un modo sereno, un poeta barroco. Los cuidados de la pluma no entorpecen la fluida narración de los trabajos y venturas de Eneas. Hay hechos casi mágicos; Eneas, prófugo de Troya, desembarca en Cartago y ve en las paredes de un templo, imágenes de la guerra troyana, de Príamo, de Aquiles, de Héctor y su propia imagen entre las otras. Hay hechos trágicos; la reina de Cartago, que ve las nave griegas que parten y sabe que su amante la ha abandonado. Previsiblemente abunda lo heroico; estas palabras dichas por un guerrero: «Hijo mío, aprende de mí el valor y la fortaleza genuina; de otros, la suerte».
Virgilio. De los poetas de la tierra no hay uno solo que haya sido escuchado con tanto amor. Más allá de Augusto, de Roma y de aquel imperio que a través de otras naciones y de otras lenguas, es todavía el Imperio, Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la Comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres.
Enviado por heathcliff el Tuesday, 01 January a las 05:14:09 (2098 Lecturas)
(Leer más... | 3687 bytes más | Puntuación 5)
LA ARAUCANA (ALONSO DE ERCILLA Y ZÚÑIGA)
Mientras no se conocieron las letras, o no era de uso general la
escritura, el depósito de todos los conocimientos estaba confiado a
la poesía. Historia, genealogías, leyes, tradiciones religiosas,
avisos morales, todo se consignaba en cláusulas métricas, que,
encadenando las palabras, fijaban las ideas, y las hacían más
fáciles de retener y comunicar. La primera historia fue en verso. Se
cantaron las hazañas heroicas, las expediciones de guerras, y todos
los grandes acontecimientos, no para entretener la imaginación de
los oyentes, desfigurando la verdad de los hechos con ingeniosas
ficciones, como más adelante se hizo, sino con el mismo objeto que
se propusieron después los historiadores y cronistas que escribieron
en prosa. Tal fue la primera epopeya o poesía narrativa: una
historia en verso, destinada a trasmitir de una en otra generación
los sucesos importantes para perpetuar su memoria.
Mas, en aquella primera edad de las sociedades, la ignorancia, la
credulidad y el amor a lo maravilloso, debieron por precisión
adulterar la verdad histórica y plagarla de patrañas, que,
sobreponiéndose sucesivamente unas tras otras, formaron aquel cúmulo
de fábulas cosmogónicas, mitológicas y heroicas en que vemos
hundirse la historia de los pueblos cuando nos remontamos a sus
fuentes. Los rapsodos griegos, los escaldos germánicos, los bardos
bretones, los troveres franceses, y los antiguos romanceros
castellanos, pertenecieron desde luego a la clase de poetas
historiadores, que al principio se propusieron simplemente
versificar la historia; que la llenaron de cuentos maravillosos y de
tradiciones populares, adoptados sin examen, y generalmente creídos;
y que después, engalanándola con sus propias invenciones, crearon
poco a poco y sin designio un nuevo genero, el de la historia
ficticia. A la epopeya-historia, sucedió entonces la epopeya
histórica, que toma prestados sus materiales a los sucesos
verdaderos y celebra personajes conocidos, pero entreteje con lo
real lo ficticio, y no aspira ya a cautivar la fe de los hombres,
sino a embelesar su imaginación.
En las lenguas modernas se conserva gran número de composiciones que
pertenecen a la época de la epopeya-historia. ¿Qué son, por ejemplo,
los poemas devotos de Gonzalo de Berceo, sino biografías y
relaciones de milagros, compuestas candorosamente por el poeta, y
recibidas con una fe implícita por sus crédulos contemporáneos?
No queremos decir que después de esta separación, la historia,
contaminada más o menos por tradiciones apócrifas, dejase de dar
materia al verso. Tenemos ejemplo de lo contrario en España, donde
la costumbre de poner en coplas los sucesos verdaderos, o reputados
tales, que llamaban más la atención subsistió largo tiempo, y puede
decirse que ha durado hasta nuestros días, bien que con una notable
diferencia en la materia. Si los romanceros antiguos celebraron en
sus cantares las glorias nacionales, las victorias de los reyes
cristianos de la Península sobre los árabes, las mentidas proezas de
Bernardo del Carpio, las fabulosas aventuras de la casa de Lara, y
los hechos, ya verdaderos, ya supuestos, de Fernán González, Ruy
Díaz y otros afamados capitanes; si pusieron algunas veces a
contribución hasta la historia antigua, sagrada y profana; en las
edades posteriores el valor, la destreza y el trágico fin de
bandoleros famosos, contrabandistas y toreros, han dado más
frecuente ejercicio a la pluma de los poetas vulgares y a la voz de
los ciegos.
En el siglo XIII, fue cuando los castellanos cultivaron con mejor
suceso la epopeya-historia. De las composiciones de esta clase que
se dieron a luz en los siglos XIV y XV, son muy pocas aquellas en
que se percibe la menor vislumbre de poesía. Porque no deben
confundirse con ellas, como lo han hecho algunos críticos
traspirenaicos, ciertos romances narrativos, que, remedando el
lenguaje de los antiguos copleros, se escribieron en el siglo XVII,
y son obras acabadas, en que campean a la par la riqueza del ingenio
y la perfección del estilo(14).
Hay otra clase de romances viejos que son narrativos, pero sin
designio histórico. Celébranse en ellos las lides y amores de
personajes extranjeros, a veces enteramente imaginarios; y a esta
clase pertenecieron los de Galvano, Lanzarote del Lago, y otros
caballeros de la Tabla Redonda, es decir, de la corte fabulosa de
Arturo, rey de Bretaña (a quien los copleros llamaban Artus); o los
de Roldán, Oliveros, Baldovinos, el marqués de Mantua, Ricarte de
Normandía, Guido de Borgoña, y demás paladines de Carlomagno. Todos
ellos no son más que copias abreviadas y descoloridas de los
romances que sobre estos caballeros se compusieron en Francia y en
Inglaterra desde el siglo XI. Donde empezó a brillar el talento
inventivo de los españoles, fue en los libros de caballería.
Luego que la escritura comenzó a ser más generalmente entendida,
dejó ya de ser necesario, para gozar del entretenimiento de las
narraciones ficticias, el oírlas de la boca de los juglares y
menestrales, que, vagando de castillo en castillo y de plaza en
plaza, y regocijando los banquetes, las ferias y las romerías,
cantaban batallas, amores y encantamientos, al son del harpa y la
vihuela. Destinadas a la lectura y no al canto, comenzaron a
componerse en prosa: novedad que creemos no puede referirse a una
fecha más adelantada que la de 1300. Por lo menos, es cierto que en
el siglo XIV se hicieron comunes en Francia los romances en prosa.
En ellos, por lo regular, se siguieron tratando los mismos asuntos
que antes: Alejandro de Macedonia, Arturo y la Tabla Redonda,
Tristán y la bella Iseo, Lanzarote del Lago, Carlomagno y sus doce
pares, etc. Pero una vez introducida esta nueva forma de epopeyas o
historias ficticias, no se tardó en aplicarla a personajes nuevos,
por lo común enteramente imaginarios; y entonces fue cuando
aparecieron los Amadises, los Belianises, los Palmerines, y la
turbamulta de caballeros andantes, cuyas portentosas aventuras
fueron el pasatiempo de toda Europa en los siglos XV y XVI. A la
lectura y a la composición de esta especie de romances, se
aficionaron sobremanera los españoles, hasta que el héroe inmortal
de la Mancha la puso en ridículo, y la dejó consignada para siempre
al olvido.
La forma prosaica de la epopeya no pudo menos de frecuentarse y
cundir tanto más, cuanto fue propagándose en las naciones modernas
el cultivo de las letras, y especialmente el de las artes
elementales de leer y escribir. Mientras el arte de representar las
palabras con signos visibles fue desconocido totalmente, o estuvo al
alcance de muy pocos, el metro era necesario para fijarlas en la
memoria, y para trasmitir de unos tiempos y lugares a otros los
recuerdos y todas las revelaciones del pensamiento humano. Mas, a
medida que la cultura intelectual se difundía, no sólo se hizo de
menos importancia esta ventaja de las formas poéticas, sino que,
refinado el gusto, impuso leyes severas al ritmo, y pidió a los
poetas composiciones pulidas y acabadas. La epopeya métrica vino a
ser a un mismo tiempo menos necesaria y más difícil; y ambas causas
debieron extender más y más el uso de la prosa en las historias
ficticias, que destinadas al entretenimiento general se
multiplicaron y variaron al infinito, sacando sus materiales, ya de
la fábula, ya de la alegoría, ya de las aventuras caballerescas, ya
de un mundo pastoril no menos ideal que el de la caballería
andantesca, ya de las costumbres reinantes; y en este último género,
recorrieron todas las clases de la sociedad y todas las escenas de
la vida, desde la corte hasta la aldea, desde los salones del rico
hasta las guaridas de la miseria y hasta los más impuros escondrijos
del crimen.
Estas descripciones de la vida social, que en castellano se llaman
novelas (aunque al principio sólo se dio este nombre a las de corta
extensión, como las Ejemplares de Cervantes), constituyen la epopeya
favorita de los tiempos modernos, y es lo que en el estado presente
de las sociedades representa las rapsodias del siglo de Homero y los
romances rimados de la media edad. A cada época social, a cada
modificación de la cultura, a cada nuevo desarrollo de la
inteligencia, corresponde una forma peculiar de historias ficticias.
La de nuestra tiempo es la novela. Tanto ha prevalecido la afición a
las realidades positivas, que hasta la epopeya versificada ha tenido
que descender a delinearlas, abandonando sus hadas y magos, sus
islas y jardines encantados, para dibujarnos escenas, costumbres y
caracteres, cuyos originales han existido o podido existir
realmente. Lo que caracteriza las historias ficticias que se leen
hoy día con más gusto, ya estén escritas en prosa o en verso, es la
pintura de la naturaleza física y moral reducida a sus límites
reales. Vemos con placer en la epopeya griega y romántica, y en las
ficciones del Oriente, las maravillas producidas por la agencia de
seres sobrenaturales; pero sea que esta misma, por rica que parezca,
esté agotada, o que las invenciones de esta especie nos empalaguen y
sacien más pronto, o que, al leer las producciones de edades y
países lejanos, adoptemos como por una convención tácita, los
principios, gustos y preocupaciones bajo cuya influencia se
escribieron, mientras que sometemos las otras al criterio de
nuestras creencias y sentimientos habituales, lo cierto es que
buscamos ahora en las obras de imaginación que se dan a luz en los
idiomas europeos, otro género de actores y de decoraciones,
personajes a nuestro alcance, agencias calculadas, sucesos que no
salgan de la esfera de lo natural y verosímil. El que introdujese
hoy día la maquinaria de la Jerusalén Libertada en un poema épico,
se expondría ciertamente a descontentar a sus lectores.
Y no se crea que la musa épica tiene por eso un campo menos vasto en
que explayarse. Por el contrario, nunca ha podido disponer de tanta
multitud de objetos eminentemente poéticos y pintorescos. La
sociedad humana, contemplada a la luz de la historia en la serie
progresiva de sus transformaciones, las variadas fases que ella nos
presenta en las oleadas de sus revoluciones religiosas y políticas,
son una veta inagotable de materiales para los trabajos del
novelista y del poeta. Walter Scott y lord Byron han hecho sentir el
realce que el espíritu de facción y de secta es capaz de dar a los
caracteres morales, y el profundo interés que las perturbaciones del
equilibrio social pueden derramar sobre la vida doméstica. Aun el
espectáculo del mundo físico, ¿cuántos nuevos recursos no ofrece al
pincel poético, ahora que la tierra, explorada hasta en sus últimos
ángulos, nos brinda con una copia infinita de tintes locales para
hermosear las decoraciones de este drama de la vida real, tan vario
y tan fecundo de emociones? Añádanse a esto las conquistas de las
artes, los prodigios de la industria, los arcanos de la naturaleza
revelados a la ciencia; y dígase si, descartadas las agencias de
seres sobrenaturales y la magia, no estamos en posesión de un caudal
de materiales épicos y poéticos, no sólo más cuantioso y vario, sino
de mejor calidad que el que beneficiaron el Ariosto y el Tasso.
¡Cuántos siglos hace que la navegación y la guerra suministran
medios poderosos de excitación para la historia ficticia! Y sin
embargo, lord Byron ha probado prácticamente que los viajes y los
hechos de armas bajo sus formas modernas son tan adaptables a la
epopeya como lo eran bajo las formas antiguas; que es posible
interesar vivamente en ellos sin traducir a Homero, y que la guerra,
cual hoy se hace, las batallas, sitios y asaltos de nuestros días,
son objetos susceptibles de matices poéticos tan brillantes como los
combates de los griegos y troyanos, y el saco y ruina de Ilión.
Nec minimum meruere decus vestigia graeca
Ausi deserere et celebrare domestica facta.
En el siglo XVI, el romance métrico llegaba a su apogeo en el poema
inmortal del Ariosto, y desde allí empezó a declinar, hasta que
desapareció del todo, envuelto en las ruinas de la caballería
andantesca, que vio sus últimos días en el siglo siguiente. En
España, el tipo de la forma italiana del romance métrico es el
Bernardo del obispo Valbuena, obra ensalzada por un partido
literario mucho más de lo que merecía, y deprimida consiguientemente
por otro con igual exageración e injusticia. Es preciso confesar que
en este largo poema algunas pinceladas valientes, una paleta rica de
colores, un gran número de aventuras y lances ingeniosos, de bellas
comparaciones y de versos felices, compensan difícilmente la
prolijidad insoportable de las descripciones y cuentos, el impropio
y desatinado lenguaje de los afectos, y el sacrificio casi continuo
de la razón a la rima, que, lejos de ser esclava de Valbuena, como
pretende un elegante crítico español, le manda tiránica, le tira acá
y allá con violencia, y es la causa principal de que su estilo
narrativo aparezca tan embarazado y tortuoso.
El romance métrico desocupaba la escena para dar lugar a la epopeya
clásica, cuyo representante es el Tasso: cultivada con más o menos
suceso en todas las naciones de Europa hasta nuestros días, y
notable en España por su fecundidad portentosa, aunque generalmente
desgraciada, La Austriada, el Monserrate, y la Araucana, se reputan
por los mejores pomas de este género, en lengua castellana escritos;
pero los dos primeros apenas son leídos en el día sino por literatos
de profesión, y el tercero se puede decir que pertenece a una
especie media, que tiene más de histórico y positivo, en cuanto a
los hechos, y por lo que toca a la manera, se acerca más al tono
sencillo y familiar del romance.
Aun tornando en cuenta la Araucana si adhiriésemos al juicio que han
hecho de ella algunos críticos españoles y de otras naciones, sería
forzoso decir que la lengua castellana tiene poco de qué gloriarse.
Pero siempre nos ha parecido excesivamente severo este juicio. El
poema de Ercilla se lee con gusto, no sólo en España y en los países
hispano-americanos, sino en las naciones extranjeras; y esto nos
autoriza para reclamar contra la decisión precipitada de Voltaire, y
aun contra las mezquinas alabanzas de Boutterweek. De cuantos han
llegado a nuestra noticia(15), Martínez de la Rosa ha sido el
primero que ha juzgado a la Araucana con discernimiento; mas, aunque
en lo general ha hecho justicia a las prendas sobresalientes que la
recomiendan, nos parece que la rigidez de sus principios literarios
ha extraviado alguna vez sus fallos(16). En lo que dice de lo mal
elegido del asunto, nos atrevemos a disentir de su opinión. No
estamos dispuestos a admitir que una empresa, para que sea digna del
canto épico, deba ser grande, en el sentido que dan a esta palabra
los críticos de la escuela clásica; porque no creemos que el interés
con que se lee la epopeya, se mida por la extensión de leguas
cuadradas que ocupa la escena, y por el número de jefes y naciones
que figuran en la comparsa. Toda acción que sea capaz de excitar
emociones vivas, y de mantener agradablemente suspensa la atención,
es digna de la epopeya, o, para que no disputemos sobre palabras,
puede ser el sujeto de una narración poética interesante, ¿Es más
grande, por ventura, el de la Odisea que el que eligió Ercilla? ¿Y
no es la Odisea un excelente poema épico? El asunto mismo de la
Ilíada, desnudo del esplendor con que supo vestirlo el ingenio de
Homero, ¿a qué se reduce en realidad? ¿Qué hay tan importante y
grandioso en la empresa de un reyezuelo de Micenas, que,
acaudillando otros reyezuelos de la Grecia, tiene sitiada diez años
la pequeña ciudad de Ilión, cabecera de un pequeño distrito, cuya
oscurísima corografía ha dado y da materia a tantos estériles
debates entre los eruditos? Lo que hay de grande, espléndido y
magnífico en la Ilíada, es todo de Homero.
Bajo otro punto de vista, pudiera aparecer mal elegido este asunto.
Ercilla, escribiendo los hechos en que él mismo intervino, los
hechos de sus compañeros de armas, hechos conocidos de tantos,
contrajo la obligación de sujetarse algo servilmente a la verdad
histórica. Sus contemporáneos no le hubieran perdonado que
introdujese en ellos la vistosa fantasmagoría con que el Tasso
adornó los tiempos de la primera cruzada, y Valbuena, la leyenda
fabulosa de Bernardo del Carpio. Este atavío de maravillas, que no
repugnaba al gusto del siglo XVI, requería, aun entonces, para
emplearse oportunamente y hacer su efecto, un asunto en que el
trascurso de los siglos hubiese derramado aquella oscuridad
misteriosa que predispone a la imaginación a recibir con docilidad
los prodigios: Datur haec venia antiquitati ut miscendo humana
divinis primordia urbium augustiora faciat. Así es que el episodio
postizo del mago Fitón es una de las cosas que se leen con menos
placer en la Araucana. Sentado, pues, que la materia de este poema
debía tratarse de manera que, en todo lo sustancial, y especialmente
en lo relativo a los hechos de los españoles, no se alejase de la
verdad histórica, ¿hizo Ercilla tan mal en elegirla? Ella sin duda
no admitía las hermosas tramoyas de la Jerusalén o del Bernardo.
Pero ¿es éste el único recurso del arte para cautivar la atención?
La pintura de costumbres y caracteres vivientes, copiados al natural
no con la severidad de la historia, sino con aquel colorido y
aquellas menudas ficciones que son de la esencia de toda narrativa
gráfica, y en que Ercilla podía muy bien dar suelta a su
imaginación, sin sublevar contra sí la de sus lectores y sin
desviarse de la fidelidad del historiador mucho más que Tito Livio
en los anales de los primeros siglos de Roma; una pintura hecha de
este modo, decimos, era susceptible de atavíos y gracias que no
desdijesen del carácter de la antigua epopeya, y conviniesen mejor a
la era filosófica que iba a rayar en Europa. Nuestro siglo no
reconoce ya la autoridad de aquellas leyes convencionales con que se
ha querido obligar al ingenio a caminar perpetuamente por los
ferrocarriles de la poesía griega y latina. Los vanos esfuerzos que
se han hecho después de los días del Tasso para componer epopeyas
interesantes, vaciadas en el molde de Homero y de las reglas
aristotélicas, han dado a conocer que era ya tiempo de seguir otro
rumbo. Ercilla tuvo la primera inspiración de esta especie; y si en
algo se le puede culpar, es en no haber sido constantemente fiel a
ella.
Para juzgarle, se debe también tener presente que su protagonista es
Caupolicán, y que las concepciones en que se explaya más a su sabor,
son las del heroísmo araucano. Ercilla no se propuso, como Virgilio,
halagar el orgullo nacional de sus compatriotas. El sentimiento
dominante de la Araucana es de una especie más noble: el amor a la
humanidad, el culto de la justicia, una admiración generosa al
patriotismo y denuedo de los vencidos. Sin escasear las alabanzas a
la intrepidez y constancia de los españoles, censura su codicia y
crueldad. ¿Era más digno del poeta lisonjear a su patria, que darle
una lección de moral? La Araucana tiene, entre todos los poemas
épicos, la particularidad de ser en ella actor el poeta; pero un
actor que no hace alarde de sí mismo, y que, revelándonos, como sin
designio, lo que pasa en su alma en medio de los hechos de que es
testigo, nos pone a la vista, junto con el pundonor militar y
caballeresco de su nación, sentimientos rectos y puros que no eran
ni de la milicia, ni de la España, ni de su siglo.
Aunque Ercilla tuvo menos motivo para quejarse de sus compatriotas
como poeta que como soldado, es innegable que los españoles no han
hecho hasta ahora de su obra todo el aprecio que merece; pero la
posteridad empieza ya a ser justa con ella. No nos detendremos a
enumerar las prendas y bellezas que, además de las dichas, la
adornan; lo primero, porque Martínez de la Rosa ha desagraviado en
esta parte al cantor de Caupolicán; y lo segundo, porque debemos
suponer que la Araucana, la Eneida de Chile, compuesta en Chile, es
familiar a los chilenos, único hasta ahora de los pueblos modernos
cuya fundación ha sido inmortalizada por un poema épico.
Mas, antes de dejar la Araucana, no será fuera de propósito decir
algo sobre el tono y estilo peculiar de Ercilla, que han tenido
tanta parte, como su parcialidad a los indios, en la especie de
disfavor con que la Araucana ha sido mirada mucho tiempo en España.
El estilo de Ercilla es llano, templado, natural; sin énfasis, sin
oropeles retóricos, sin arcaísmos, sin trasposiciones artificiosas.
Nada más fluido, terso y diáfano. Cuando describe, lo hace siempre
con las palabras propias. Si hace hablar a sus personajes, es con
las frases del lenguaje ordinario, en que naturalmente se expresaría
la pasión de que se manifiestan animados. Y sin embargo, su
narración es viva, y sus arengas elocuentes. En éstas, puede
compararse a Homero, y algunas veces le aventaja. En la primera, se
conoce que el modelo que se propuso imitar fue el Ariosto; y aunque
ciertamente ha quedado inferior a él en aquella negligencia llena de
gracias, que es el más raro de los primores del arte, ocupa todavía
(por lo que toca a la ejecución, que es de lo que estamos hablando),
un lugar respetable entre los épicos modernos, y acaso el primero de
todos, después de Ariosto y el Tasso.
La epopeya admite diferentes tonos, y es libre al poeta elegir entre
ellos el más acomodado a su genio y al asunto que va a tratar. ¿Qué
diferencia no hay, en la epopeya histórico-mitológica, entre el tono
de Homero y el de Virgilio? Aun es más fuerte en la epopeya
caballeresca el contraste entre la manera desembarazada, traviesa,
festiva, y a veces burlona del Ariosto, y la marcha grave, los
movimientos compasados, y la artificiosa simetría del Tasso. Ercilla
eligió el estilo que mejor se prestaba a su talento narrativo. Todos
los que, como él, han querido contar con individualidad, han
esquivado aquella elevación enfática, que parece desdeñarse de
descender a los pequeños pormenores, tan propios, cuando se escogen
con tino, para dar vida y calor a los cuadros poéticos.
Pero este tono templado y familiar es Ercilla, que a veces (es
preciso confesarlo) degenera en desmayado y trivial, no pudo menos
de rebajar mucho el mérito de su poema a los ojos de los españoles
en aquella edad de refinada elegancia y pomposa grandiosidad, que
sucedió en España al gusto más sano y puro de los Garcilasos y
Leones. Los españoles abandonaron la sencilla y expresiva
naturalidad de su más antigua poesía, para tomar en casi todas las
composiciones no jocosas un aire de majestad, que huye de rozarse
con las frases idiomáticas y familiares, tan íntimamente enlazadas
con los movimientos del corazón, y tan poderosas para excitarlos.
Así es que, exceptuando los romances líricos, y algunas escenas de
las comedias, son raros desde el siglo XVII en la poesía castellana
los pasajes que hablan el idioma nativo del espíritu humano. Hay
entusiasmo, hay calor; pero la naturalidad no es el carácter
dominante. El estilo de la poesía seria se hizo demasiadamente
artificial; y de puro elegante y remontado, perdió mucha parte de la
antigua facilidad y soltura, y acertó pocas veces a trasladar con
vigor y pureza las emociones del alma. Corneille y Pope pudieran ser
representados con tal cual fidelidad en castellano; pero ¿cómo
traducir en esta lengua los más bellos pasajes de las tragedias de
Shakespeare, o de los poemas de Byron? Nos felicitamos de ver al fin
vindicados los fueros de la naturaleza y la libertad del ingenio.
Una nueva era amanece para las letras castellanas. Escritores de
gran talento, humanizando la poesía, haciéndola descender de los
zancos en que gustaba de empinarse, trabajan por restituirla su
primitivo candor y sus ingenuas gracias, cuya falta no puede
Enviado por heathcliff el Monday, 15 October a las 15:16:01 (2559 Lecturas)
(Leer más... | 30800 bytes más | Puntuación 4)
El método Coué (Javier Menéndez Llamazares)
A finales de 1944 regresa a su provincia natal Manuel Llamazares, un piloto de la Escuadrilla Azul que ha combatido en el frente ruso. Con la vitola de héroe de la Guerra Mundial, es recibido con enormes fastos por la jerarquía local. Sin embargo, el joven se encuentra en un estado calamitoso, aquejado de una grave enfermedad que le mantendrá postrado durante meses en la casa familiar, en el leonés valle del Curueño. Durante su convalecencia, al cuidado de Lolita, una prima enfermera, tendrá ocasión de reconstruir lo sucedido desde que se uniera al ejército alemán en 1941. Demasiado joven durante la Guerra Civil, Manuel se alista en el Ejército del Aire al finalizar la contienda; su deseo es ser piloto, pero las plazas están reservadas para los veteranos de guerra. Tras dos años de espera, se une como voluntario a la Escuadrilla Azul, una unidad de élite que, a semejanza de la División Azul, se integra en la Luftwaffe para combatir contra el Ejército Rojo. Tras un periodo de instrucción en Werneuchen, su conocimientos del alemán, adquirido en la escuela, le permiten convertirse oficiosamente en piloto. En el frente de Moscú tiene una actuación destacada, derribando varios aviones. Tras salvar a varios compañeros de una muerte segura en la Batalla de Klin es condecorado y ascendido a oficial. Su fotografía aparece en toda la prensa propagandística de la órbita alemana, lo que confiere una efímera celebridad al “héroe de Klin”. Sin embargo, el ejército español no reconoce su ascenso, y es relegado a tareas administrativas en el cuartel general. En Berlín trabará una estrecha amistad con el agregado de prensa, Jacinto Alemany. Tras convertirse en su asistente, conocerá de primera mano los entresijos de la diplomacia española y alemana, y los turbios intereses de los corresponsales de prensa, la mayoría a sueldo del gobierno nazi. Convertido en fotógrafo, Llamazares retrata la vida desenfrenada de la gran ciudad; vivirá también los bombardeos, el miedo y la decadencia de una urbe que, a pesar de todo, es capaz de sobrevivir y rehacerse, renaciendo de sus escombros una y otra vez. Allí conocerá a Claudia Stolz, una joven secretaria del Negociado de Prensa del Ministerio de Propaganda. Tras odiarse a primera vista, los caminos de Claudia y Manuel se entrecruzan varias veces, hasta que la tragedia y el amor terminan por unirles una noche en la Torre Einstein. Juntos vivirán una extraordinaria experiencia, ajenos por completo a un mundo que se desmorona. En el verano de 1944 Manuel debe regresar a España para tramitar la documentación: planean casarse ese otoño. Sin embargo, cuando vuelve a Berlín, Claudia ha desaparecido. En medio de una gran confusión, tras un atentado frustrado contra Hitler, se desata una persecución feroz contra los opositores al régimen nazi. Y la única pista sobre el paradero de Claudia conduce hasta Prinz-Albrechtstraße, sede de la temible Gestapo, la policía secreta de los nazis.
Enviado por heathcliff el Wednesday, 18 July a las 15:18:41 (1338 Lecturas)
(Leer más... | 3478 bytes más | Puntuación 4)
El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)
Con la publicación de la que por el momento es su última novela, Lorenzo Silva parece consolidarse como uno de los escritores más prometedores de su generación. A pesar de su juventud (nació en 1966), el novelista madrileño es autor de una obra ya bastante nutrida, que comprende doce novelas (tres de ellas específicamente destinadas al público juvenil) y dos libros de viajes1.
El éxito de su narrativa (El nombre de los nuestros va por la cuarta edición, se reeditan sus primeras novelas y se preparan adaptaciones cinematográficas de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente) se debe en primer lugar al hecho de que Lorenzo Silva es un escritor muy bien dotado para la narración, con un talento innegable a la hora de urdir historias y crear personajes que interesan al lector desde la primera línea. Ahora bien, también es cierto que al menos una parte significativa de su narrativa tiene una clara orientación comercial (perceptible, por ejemplo, en los dos últimos títulos citados, que en cualquier caso no dejan de ser novelas policíacas amenas y muy bien construidas), y que además Silva ha mostrado una gran habilidad para conectar con las inquietudes e intereses de las últimas promociones de lectores, tal como demuestra no sólo su dedicación al ámbito de la literatura juvenil, sino también su participación en el desarrollo de La isla del fin de la suerte, una novela interactiva en Internet2.
Que el éxito comercial no tiene por qué estar reñido con la calidad literaria y con propósitos tan respetables como la recuperación de la memoria histórica y la actualización de la tradición novelística española se demuestra con la novela que ahora nos ocupa. El nombre de los nuestros es, en efecto, un relato bélico “inspirado en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles” (p. 7), durante las campañas militares de Marruecos, que tan graves repercusiones tuvieron en la vida española de los primeros treinta años del siglo XX. Con esta novela, Silva “resucita” una tradición literaria que tiene prestigiosos antecedentes en figuras como José Díaz Fernández (El blocao, 1928), Ramón J. Sender (Imán, 1930), o Arturo Barea (La forja de un rebelde, 1941-1944)3, y nos recuerda, en unos tiempos tan poco propicios a la defensa de las causas perdidas, el destino de unos hombres sacrificados en una empresa colonial tan absurda como inútil.
Debemos precisar que esta actualización de la tradición novelística sobre las campañas africanas ofrece perfiles singulares, ya que frente a los evidentes propósitos antimilitaristas y antiimperialistas que alientan en las tres obras citadas, la de Silva debe leerse más bien como un homenaje sincero y emotivo, pero a la vez nada proclive a las tentaciones demagógicas, hacia los soldados que participaron en la guerra de Marruecos. El propio autor hace explícita esta intención al final del capítulo 19, significativamente titulado “El nombre de los nuestros”: el sargento Molina, protagonista del relato, pide a uno de sus hombres, superviviente de la aniquilación de la posición avanzada de Sidi Dris, que haga el esfuerzo de recordar ante sus compatriotas a los caídos en la campaña de África; la invocación de Molina es, no hace falta insistir mucho en ello, la misma que el escritor dirige a su público. Debemos tener en cuenta, además (el autor lo menciona en el prólogo y lo ha destacado en varias entrevistas), que el sargento Molina, protagonista de la novela, es un personaje construido a partir de la figura real del abuelo del escritor, Lorenzo Silva Molina, quien luchó en la campaña africana como sargento de infantería.
Quizás no sea ocioso hacer algunas reflexiones en torno a la intención que ha presidido la escritura de esta novela, la cual no me parece, mutatis mutandis, muy diferente a la que subyace a un documental como Extranjeros de sí mismos, de José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Novela y documental proponen un modelo de recuperación de nuestra memoria histórica reciente que, sin abandonar completamente el terreno de la interpretación ideológica, prefiere destacar el testimonio de unas peripecias vitales extraordinarias, palmariamente ignoradas por las nuevas generaciones de lectores y espectadores. No es un enfoque carente de riesgos —Manuel Vázquez Montalbán y otros significados portavoces de la izquierda clásica ya los han señalado en varias ocasiones—, pero en cualquier caso supone un meritorio esfuerzo de difusión de la historia reciente, sin complejos de culpabilidad añadidos, y un intento muy laudable de ganar para la novela y el cine español a un público más bien adormecido por los dudosos encantos de la modernidad.
La publicación de la novela de Lorenzo Silva no le viene nada mal a una sociedad como la española, cuyas jóvenes generaciones ya no tienen ante sí el horizonte del servicio militar para recordarles qué significaron, tanto desde la dimensión pública como desde la experiencia individual, aquellas campañas militares, nutridas por soldados de reemplazo con escaso o nulo fervor por la causa que habían sido obligados a defender. En estos tiempos en que el enfoque mediático parece restringir las señas características de lo militar al “espectáculo” de las intervenciones humanitarias (la participación de las fuerzas multinacionales, incluidas las españolas, en Bosnia y Kosovo es un ejemplo clarísimo) y en los que la principal consideración de las autoridades político-militares es la limitación a cualquier coste de las bajas propias (recordemos lo que ocurrió durante la Guerra del Golfo o en la campaña aérea sobre la Yugoslavia de Milosevic), Lorenzo Silva nos recuerda el incómodo papel que siempre le ha tocado desempeñar a la infantería y el valor que encierra el cumplimiento del deber y el sacrificio personal, incluso cuando éstos se llevan a cabo por causas equivocadas. Por otra parte, no deja de tener su aspecto irónico el hecho de que, en una sociedad obsesionada por la corrección política y el recurso al eufemismo, aparezca una novela que retrata sin ningún pudor las sevicias sufridas por los soldaditos españoles a manos de “los moros”.
Claro que difícilmente podríamos esperar otro planteamiento en un texto como éste, es decir, una novela de guerra en sentido estricto, caracterizada por la crudeza de sus episodios bélicos y narrada desde la perspectiva exclusiva de uno de los dos bandos en conflicto. Ello no significa que estemos ante una narración maniquea ni menos aún xenófoba, ya que, aparte de poner en solfa continuamente la legitimidad de la presencia española en el norte de África, el autor contempla a los irregulares rifeños con la admiración que merecen su coraje, su capacidad combativa, su estoicismo e incluso sus ocasionales gestos de caballerosidad (así ocurre hacia el final de la novela, cuando los harqueños devuelven el cadáver del coronel Morán, a quien tanto respetaban). Por otra parte, Silva no ahorra calificativos elogiosos hacia las tropas indígenas alistadas en el bando español (entre ellas destaca el sargento Haddú, que sacrifica su vida en un acto de lealtad revestido de todos los atributos del heroísmo más admirable). Ahora bien, tampoco hay que pensar que Lorenzo Silva haya “cambiado de bando”, en una de esas acciones típicas del pensamiento políticamente correcto —en realidad, mistificaciones de la realidad histórica— que tan frecuentes son en nuestros días. La crueldad de los harqueños, su ensañamiento con los prisioneros españoles, su rapacidad y cinismo aparecen nítidamente reflejados, sin regodeos morbosos, pero al mismo tiempo sin concesiones al relativismo cultural.
Los muchos méritos que reúne El nombre de los nuestros no sólo se reducen a la agilidad narrativa, que ya hemos señalado como un rasgo característico de las novelas de Lorenzo Silva. También en la reconstrucción histórica —con las oportunas licencias, sobre las que el autor llama la atención en la “Advertencia preliminar”— se muestra muy eficaz, tal como demuestra el capítulo 3, donde relata la conversación de los generales Dámaso Berenguer, Alto Comisario en Marruecos, y Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, en el cañonero Laya, a propósito de sus diferencias sobre la conducción de la campaña africana. El episodio, en gran parte imaginario, es en cualquier caso muy ilustrativo del desgobierno e impericia con que las autoridades militares trataron las operaciones bélicas, y constituye un buen ejemplo de la habilidad del autor para manejar los hechos reales y convertirlos en materia novelística. La documentación histórica y el conocimiento de los pormenores de la campaña africana se adivinan bajo el discurrir de la acción, perceptibles en el rigor y verosimilitud de los detalles (podemos ver un buen ejemplo de cómo emplea Silva los “efectos de realidad” en el capítulo 4, en la secuencia de la construcción de la posición fortificada de Talitit por las tropas de ingenieros), pero siempre subordinados a su virtualidad narrativa, a su función como soporte imprescindible de la construcción de la trama y la eficacia emotiva del relato.
También la estructura novelística está plenamente lograda. La narración, que comprende 19 capítulos y un epílogo, se mueve entre tres escenarios básicos —las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Afrau y Talilit—, que alternan entre sí a lo largo de la novela, con alguna desviación hacia escenarios de importancia secundaria, como el cañonero Laya y la retaguardia melillense, en cualquier caso muy relacionados con los anteriores. En cada uno de los tres espacios principales se repite un esquema narrativo común, que comienza con la descripción de la posición, continúa con la creación de un tejido de relaciones entre los personajes que la ocupan y finaliza con el relato del asalto y los combates subsiguientes.
Para evitar la posible dispersión en la atención del lector y lograr su identificación con la suerte de los personajes, Silva recurre a un expediente narrativo que no resultará desconocido para los aficionados a los relatos bélicos (podemos recordar, a este respecto, películas que ofrecen una gran variedad de escenarios y personajes, como El día más largo o Un puente demasiado lejano); en efecto, en cada una de las posiciones hay emparejamientos de personajes que establecen intensas relaciones personales, en torno a las cuales giran la mayor parte de los conflictos y se concentra el dramatismo de las acciones: Andreu-cabo Rosales (Sidi Dris y Talilit), cabo Amador y sargento Molina (Afrau), alférez Veiga y contramaestre Duarte (cañonero Laya), sargento Molina-sargento indígena Haddú (Afrau), Andreu-cabo Amador (Talilit), sargento Molina-cabo González (Afrau), etc. Algunos capítulos —el 14, que narra la desbandada de Sidi Dris, y el 18, en el cual se cuenta cómo el cabo Amador entierra los cadáveres de sus compañeros muertos en combate— actúan como núcleos organizadores del relato, pues en él se reagrupan (vivos o muertos) varios de los protagonistas, dispersos hasta entonces por diferentes escenarios.
La intensidad de la narración no sólo deriva del acertado diseño estructural, sino también del muy visible tono de tragedia que la recorre. Esta dimensión trágica se configura a partir de un abrupto inicio —la muerte del soldado Pulido, que él mismo anuncia como inevitable, al comienzo del capítulo 1, suceso con el que se inaugura además uno de los motivos temáticos recurrentes, el de la violencia seca y descarnada—, y se refuerza a lo largo de los primeros capítulos mediante episodios que de algún modo anuncian el desenlace: la despedida entre el alférez Veiga y el coronel Morán (p. 52) y la marcha desde Sidi Dris a Talilit, durante la cual el cabo Rosales le cuenta a Andreu lo terrible de las retiradas ante los moros (pp. 54-56). El tono trágico procede también de otros elementos fundamentales del relato, entre los cuales hay que señalar la concentración temporal (dieciocho de los veinte capítulos se desarrollan durante los meses de junio y julio de 1921, los cuales todavía parecen más breves gracias al inteligente uso de la elipsis) y el carácter cerrado (cercado, para ser más exactos) de los escenarios. En algunos de los momentos de mayor fuerza expresiva, como los capítulos 14 y 16, la tragedia crece hasta un verdadero paroxismo destructivo, con episodios de heroísmo casi demente que destacan sobre un fondo apocalíptico, y en los cuales predomina más la conciencia de lo inevitable, de un fatalismo resignado, que la asunción racional del sentido del deber.
Los personajes de El nombre de los nuestros están, en líneas generales, muy bien trazados. Aunque no sea ésta una novela “de personajes” en sentido estricto, ya que la intensidad y el dinamismo de la acción impiden una visión más profunda de la vida interior de los protagonistas, hay que reconocerle al autor una gran capacidad para concebir criaturas de ficción vívidas, potentes, dotadas de una poderosa fuerza de convicción y especial verosimilitud. En este sentido, es inevitable destacar la figura del protagonista principal, el sargento Molina, cuyo retrato —el de un hombre íntegro y decente, valeroso pero sensato, con autoridad indiscutible sobre sus hombres, pero también comprensivo hacia sus flaquezas y debilidades, leal a las órdenes recibidas y al mismo tiempo escéptico hacia la actuación militar en el norte de África, una región cuya sequedad y ascetismo son, en cierta medida, metáfora de su propio espíritu— resulta muy atractivo.
En la construcción de sus criaturas de ficción, Lorenzo Silva utiliza diversos procedimientos, que abarcan desde la omnisciencia narrativa hasta el diálogo en estilo directo, pasando por combinaciones de ambos y por otras perspectivas intermedias. De todos ellos me parece especialmente lograda la técnica consistente en hacer vivir a los personajes acciones que definen su verdadera personalidad sin innecesarios subrayados del narrador. Un ejemplo muy significativo es el capítulo 2, en que el sargento Molina consigue que un oficial, irritadísimo por las trapisondas del mono Luisito, no dispare al macaco; en esta intervención se revelan algunas cualidades del personaje: su sensatez, la autoridad que emana de su porte, de su modo de ser y de hablar, su interés por los hombres a su cargo, su comprensión del otro, su humanidad. Otro ejemplo de esta técnica lo hallamos en el capítulo 7, cuando Molina elimina de un plumazo la corruptela de los soldados que pagan a sus camaradas para evitar salir en misión de aguada, demostrando así otro rasgo clave de su carácter, como es su innato sentido de la justicia, su energía para enfrentarse a los abusos. Y aunque el personaje se defina más a partir de sus acciones que de sus palabras, pues es hombre cauto y reservado, sus escuetas declaraciones siempre se caracterizan por su buen sentido; a este respecto, hay dos frases que resumen perfectamente su talante, ambas en la página 71: “no se puede abusar de quien es más débil. Quien hace eso o lo consiente, ensucia el mundo”; “las perras corrompen, pero la miseria corrompe más. Ésa es la mala ley de la vida”.
No hay duda de que el sargento Molina es un magnífico personaje. Acaso el único reproche que se puede hacer al autor con respecto a su protagonista es que resulta tal vez demasiado entero, demasiado “bueno”, para un escenario tan desdichado y negativo como el que en la novela se describe. Su honradez e integridad, sus reticencias ante la oficialidad (en las que subyace un evidente conflicto de clase que también alienta en otros personajes de la novela, como el anarquista Andreu o el ugetista Amador)4, incluso su capacidad de ver más allá de las circunstancias estrictamente militares para cuestionar la política colonialista en el norte de África (por cierto, no es el único suboficial que comparte este planteamiento, como pone de relieve la conversación entre el contramaestre Duarte y el alférez Veiga en el capítulo 3), dibujan el perfil de un personaje que, sin abandonar del todo ciertas características del clásico héroe épico —véase, por ejemplo, su valerosa actuación, de un heroísmo inaudito, en los capítulos 13 y 15, que narran el asalto y la retirada de Afrau—, tiene además muchos puntos de contacto con el modelo del héroe “a su pesar”, característico de muchas novelas bélicas5.
Al comienzo de esta reseña hacíamos algunas consideraciones sobre el sentido de la novela y sobre su condición ideológica. Querría aclarar ahora que, en mi opinión, y a pesar de que el autor no oculta en ningún momento la crítica hacia el estamento castrense, no creo que debamos considerar El nombre de los nuestros como una novela antimilitarista. Es cierto que entre los mandos militares que aparecen en ella abundan las conductas de criminal incompetencia —la infravaloración de la capacidad combativa del enemigo, la asunción de riesgos tácticos y estratégicos innecesarios, la descoordinación, el desprecio por las vidas de los reclutas, que más bien semejan corderos destinados al sacrificio, tal como pone de relieve el ya mencionado episodio inicial del soldado Pulido— y también las muestras de un comportamiento despreciable: generales arrogantes como Fernández Silvestre, oficiales señoritos y chulescos, investidos de un prejuicio de superioridad no sólo respecto a “los moros”, sino a sus propias tropas, cabos y suboficiales embrutecidos por el alcohol, el desarraigo y la corrupción.
Pero frente a ellos, también contemplamos a militares dignos, como el coronel Morán (que parece estar basado en un oficial real caído en el desastre, el coronel Morales), el alférez Veiga y, sobre todo, el sargento Molina, en el que se ejemplifican virtudes militares que indudablemente el autor admira: el sentido del deber, la lealtad, la camaradería, el estoicismo. Y aunque el heroísmo irracional, característico de los hechos de guerra, está contemplado a través de un prisma de escepticismo crítico, el escritor no llega a condenarlo del todo: incluso algunos oficiales que destacan por sus baladronadas y su altivez alcanzan en el momento del combate cierta dignidad inesperada, que procede de un coraje primitivo, enloquecido, y de una voluntad de sacrificio que no por absurda resulta menos impresionante; así ocurre por ejemplo en el capítulo 10, que narra el asalto a Talilit, cuando el teniente artillero, protegiendo el repliegue de sus soldados, se enfrenta con valentía suicida a la embestida de la harka. Silva llega incluso a proponer una interpretación del desastre bélico en términos de experiencia iniciática, de acontecimiento íntimo, capaz de transformar el carácter de los supervivientes —véanse las reflexiones que realiza el alférez Veiga a propósito de la aniquilación de los soldados españoles, en la página 157—, que aunque pueda ser discutible desde perspectivas ideológicas tiene sin embargo una indiscutible carga emotiva.
Una novela de guerra como la que ha escrito Silva no podía prescindir de la descripción realista de las condiciones de la vida en las posiciones de vanguardia. Es un realismo que no ahorra al lector detalle crudos y hasta brutales, imprescindibles en la tradición de los relatos bélicos, y en el que destaca singularmente la habilidad narrativa del autor. Las escenas de combate son rápidas, rotundas, contundentes, llenas de terribles sucesos de una fuerza e intensidad dignas de elogio. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero yo seleccionaría los asaltos a las posiciones de Talitit, Afrau y Sidi Dris (capítulos 10, 14 y 16 respectivamente), absolutamente magníficos, con su combinación de episodios de escalofriante violencia —heridos rematados por sus propios compañeros, soldados torturados por la sed, hombres que, al borde de perder la razón, reservan su última bala para no caer prisioneros, hospitales de campaña donde se amontonan los heridos en condiciones infernales, prisioneros horriblemente atormentados por los harqueños— y diálogos descarnados, implacables, de una expresividad que no sólo procede de la tensión del momento, sino de su laconismo y absoluta falta de retórica.
Lorenzo Silva hace uso de un castellano rotundo, que no retrocede ante los tacos, las blasfemias o las rudas expresiones del argot cuartelero. Sin embargo, también demuestra su capacidad para el interludio lírico, generalmente asociado a la evocación del paisaje norteafricano. Así ocurre, por ejemplo, en las páginas 74-75, en las que el sargento Molina recuerda ante el cabo Amador la ciudad montañosa de Xauen, tan semejante a los pueblos blancos andaluces, con su insólita judería y su aire misterioso y embriagador. También el alférez Veiga, a bordo del cañonero Laya, percibe la inevitable seducción del paisaje africano:
“El contraste de luces y sombras, silencios y estruendos, tenía para Veiga una caprichosa armonía. Durante el día, la calima y el polvo lo difuminaban todo, pero al anochecer se producía una transformación súbita y cautivadora. La mar, el aire, la costa misma, todo tenía un fulgor extraño. Hasta los hombres que allí estaban intentando matar y no morir debían sentirse sobrecogidos por la inaudita belleza de que se revestía el paisaje africano mientras huía la luz y se les venía encima la noche llena de incertidumbres” (p. 161).
Esta novela de trincheras, dolor y sufrimientos apenas imaginables también reserva un espacio para otras emociones que las derivadas de las acciones militares. En unos casos es el humor, teñido de notas grotescas y hasta esperpénticas, como ocurre con las aventuras del mono Luisito en la posición de Afrau (capítulos 2 y 8). En otros es el deseo sexual, que alcanza un nivel de intensa tensión en el relato que hace el cabo Rosales a Andreu de su encuentro con una mujer rifeña en el recinto de un morabito (pp. 92-94, capítulo 6). Tampoco faltan los momentos más reposados, en los que se expresa la rutina de la vida en las trincheras y se da cauce a la revelación de la intimidad de los soldados (véase el capítulo 5, significativamente titulado “Añoranzas nocturnas”), o los retratos casi costumbristas, como el de los asfixiantes blocaos, con sus interminables partidas de naipes y sus penosas condiciones higiénicas (capítulo 6). Y me parece muy revelador que la novela, que como ya hemos dicho se caracteriza por una violencia creciente hasta el paroxismo, termine sin embargo con un reposado epílogo (situado seis años después del desastre, tras el desembarco de Alhucemas), que proyecta un hermoso tono melancólico sobre el ánimo del lector. En este capítulo final, la mirada del narrador pasa ágilmente desde el acorazado donde presta servicio el ya oficial de marina Veiga hasta la recién creada ciudad en la que el sargento Molina asiste en posición de firmes a la revista real de las tropas españolas, finalmente vencedoras. Las emociones de ambos, distantes, escépticas, proporcionan un adecuado contrapunto melancólico, un adagio tan emocionante como desengañado, al agotador frenesí de los combates. Los dos soldados comprenden cómo su heroísmo ha sido manipulado y ha sido transformado en un acto inútil, pero se dan cuenta también de que nunca podrán olvidar lo que han vivido. Y así su recuerdo pasa a formar parte de nosotros, los lectores, para quienes Veiga, Molina, Amador, Andreu o Haddú llevan ya, desde el mismo momento en que cerramos la cubierta de esta emocionante novela, “el nombre de los nuestros”.
Notas
1. Noviembre sin violetas, Madrid, Ediciones Libertarias, 1995, reeditado en Destino (Col. “Destino Libro”); La sustancia interior, Madrid, Huerga y Fierro, 1996, reeditado en Destino (Col. “Áncora y Delfín”), 1999; La flaqueza del bolchevique, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 779), 1997, reeditado en Booklet, 1998 y en “Destino Libro”, 2000; El lejano país de los estanques, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 812), 1998 [premio “El Ojo Crítico” de narrativa]; El ángel oculto, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 844), 1999; El urinario, Valencia, Pre-Textos (Col. “Narrativa”, 10), 1999; El alquimista impaciente, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 890), 2000, reeditado por Planeta y Círculo de Lectores (2000); El nombre de los nuestros, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 919), 2001; La isla del fin de la suerte, Barcelona, Círculo de Lectores, 2001; El cazador del desierto, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; La lluvia de París, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 2000 [novela juvenil]; Viajes escritos y escritos viajeros, Madrid, Anaya (Col. “Punto de referencia”), 2000) [libro de viajes]; Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001 [libro de viajes]. «
2. La isla del fin de la suerte se aloja en la web del Círculo de Lectores. Esta no es la única relación del novelista con Internet y las nuevas tecnologías, pues también ha elaborado una web personal donde ofrece noticias biográficas, extractos de las críticas recibidas por sus novelas, una completa bibliografía, textos inéditos muy representativos de sus inquietudes y aficiones, etc. A todo ello hay que añadir la aparición (octubre de 2001) de alguno de sus textos breves (el relato “Liberty City”) en formato de libro digital o e-book, publicado por la Editorial Badosa. «
3. La novela de Lorenzo Silva se ha publicado apenas un año después que Una guerra africana, Madrid, Ediciones SM (Col “Gran Angular”, 195), 2000, de Ignacio Martínez de Pisón, novela juvenil cuya acción transcurre con posterioridad a los sucesos del desastre de Annual. Aunque inferior en calidad a El nombre de los nuestros y muy diferente en su planteamiento argumental (pues, a pesar de lo que sugiere el título, su centro de gravedad no es tanto la campaña militar cuanto el relato de una poco creíble peripecia sentimental que se desarrolla sobre el fondo de la contienda africana), la novela de Martínez de Pisón comparte con la de Silva unos cuantos rasgos comunes: no sólo las inevitables referencias al marco histórico, sino también la focalización del relato en torno a un suboficial de baja extracción social (el sargento Medrano, escéptico ante la guerra y al mismo tiempo entregado a su deber), que tiene numerosos puntos de contacto con el sargento Molina de El nombre de los nuestros. La novela de Silva guarda también algunas conexiones con la famosísima Morirás en Chafarinas, de Fernando Lalana, no sólo por su ambientación norteafricana y por algunos detalles de los protagonistas (soldados de reemplazo), sino también por la insistencia en las notas de escepticismo y desarraigo que en ambas novelas aparecen. «
4. A este respecto resulta muy ilustrativo el capítulo 5, donde el cabo Amador y el sargento Molina charlan sobre el sentido de la guerra y su propia intervención en ella. Molina revela en esta conversación uno de los rasgos fundamentales de su personalidad: el sentido del deber, el compromiso nacido de un convencimiento personal que se impone por sobre las comodidades y los intereses mezquinos, hasta el punto de que Amador, el sindicalista de la UGT opuesto a la guerra y a sus enemigos de clase, acaba comprendiendo las intenciones y motivos de su superior, que en principio le parecían inaceptables. «
5. Estas características no son insólitas en los personajes de Lorenzo Silva. De hecho, buena parte de ellas pueden advertirse en el sargento Rubén Bevilacqua, protagonista de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente. Aunque el sargento Molina haya sido forjado a partir del recuerdo de un hombre de carne y hueso, no es menos cierto que sus rasgos distintivos —el sentido del deber, la rectitud, la solidaridad con los hombres bajo su mando, el distanciamiento frente a la oficialidad— pueden detectarse en alguno de los antecedentes narrativos que ya citamos al principio de esta reseña; pienso, por ejemplo, en el personaje del sargento Carlos Arnedo, protagonista del episodio 4 (“Magdalena roja”) de El blocao, de José Díaz Fernández. Además, el tipo no es ajeno a la tradición de los relatos bélicos contemporáneos; pienso, por ejemplo, en personajes como el sargento primero Milton Warden, de la novela de James Jones De aquí a la eternidad (1951), o el sargento Croft de Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer. «
Para saber más
Quienes tengan interés en ampliar la información sobre la novela y su autor pueden consultar las siguientes fuentes:
Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001. En este libro de viajes, que relata su estancia en el norte de Marruecos, Lorenzo Silva proporciona significativos detalles de la biografía de su abuelo y abundantes noticias históricas de las campañas africanas (véanse, en relación con los sucesos que relata la novela, las pp. 104-108). Al leer Del Rif alYebala no sólo podemos verificar muchos aspectos del complejo proceso de creación novelística que se halla tras El nombre de los nuestros, sino que además confirmamos esa poderosa sensación de realismo y autenticidad que se desprende de la novela.
El desastre de Annual: una web con información detalladísima sobre lo que fue y lo que significó este pavoroso episodio de la historia española (incluye fotografías).
En los últimos años, la guerra de África ha vuelto a suscitar el interés de los escritores españoles, como demuestra el magnífico reportaje de Manuel Leguineche, Annual, 1921: el desastre de España en el Rif, Madrid, Alfaguara, 1996. Este libro incluye, a modo de apéndice, el llamado “Expediente Picasso”, encargado por el gobierno español al general Juan Picasso para averiguar las causas de la derrota militar; en las páginas 143-144 y 147-150 de este apéndice se relatan pormenorizadamente los combates en las posiciones de Talilit, Sidi Dris y Afrau.
También en el plano estrictamente literario hay significativas muestras de este renovado interés, pues se han reeditado dos de las grandes novelas sobre la guerra de África: El blocao de José Díaz Fernández (Madrid, Viamonte, 1998), con prólogo de José Esteban; e Imán, de Ramón J. Sender, (Barcelona, Ediciones Destino, Col. “Clásicos Contemporáneos Comentados”, 2001), con comentarios de Lorenzo Silva.
En su número 69, de septiembre de 2002 (pp. 34.37), la revista Qué Leer dedica un interesante y bien documentado reportaje, titulado “Moros en la costa”, a la relación entre la literatura y los desastres bélicos sufridos por las tropas españolas en el Norte de África.
El propio Lorenzo Silva (suplemento dominical El Semanal, nº 800, del 23-II al 1-III de 2003, pp. 54-58), ha anunciado recientemente la preparación de un documental sobre la desastrosa retirada de Annual. En este proyecto, basado en un guión del novelista, intervienen los cineastas Manu Horrillo y Benito Zambrano. Más información en la web http://www.arreyenlao.com y en la web del novelista.
La versión original de esta reseña ha sido publicada en la web personal de Lorenzo Silva, a quien agradezco sinceramente los elogios que dedica a mi trabajo.
¿Todavía no tienes una cuenta? Puedes crearte una. Como usuario registrado tendrás ventajas como seleccionar la apariencia de la página, configurar los comentarios y enviar los comentarios con tu nombre.
PARA REFLEXIONAR
» Ley de Washelsky: Es más fácil desmontar que volver a montar.
Esta web de comentarios y material sobre libros es una actividad patrocinada por Cumbres Borrascosas, y Depension, Brañuelas, León.
El patrocinador es patrocinador, pero no propietario, ni responsable, ni jefe, gurú, guía, director, promotor, webmaster ni capataz.
Esta web es un espacio libre, entendido como lugar al que acuden personas, en el estricto sentido de la palanra, con un interés común.
Cada cual diga y opine lo que buenamente le venga en gana y se haga de ello responsable.
No estamos de acuerdo con lo que dice nadie. No nos sumamos a ninguna opinión. No refrendamos ni apoyamos nada. No nos solidarizamos con nada. No secundamos a nadie.
Lo que diga quien sea nos la bufa, y allá él.
Rogamos a los usuarios que si ponen algo aquí copiado de otra parte digan al menos de dónde lo sacaron.
A quien quiera copiar algo de aquí para ponerlo en otro lado le pedimos otro tanto.
Por lo demás, cada cual es dueño de lo suyo y Dios del conjunto. Si no existiera Dios, al carajo con todo.